Eres, mujer, tibio refugio de las almas
en trance de encarnarse,
acogedora matriz, entraña protectora,
presagio del amor sin condiciones,
Mas no,
no exalto a todas,
no canto a todas las mujeres.
tan solo a aquellas que saben
qué es ser madre.
No a aquellas que repudian
el fruto de su vientre,
no a aquellas que desprecian
la maternidad y la condenan,
no a aquellas que con su trato niegan
esa ternura que se supone innata.
..
Título excelso: ¡MADRE!
No a todas se concede.
Madre eres tú, no por brindar la vida,
que igual brota de entrañas desalmadas,
madre eres tú que te desvives
por el tesoro que nace de tu vientre.
Madre eres tú, que pones en su cielo
los rayos de un sol que lo ilumine.
Madre, porque su porvenir pincelas
con tintes de verdor y de esperanza.
Madre eres tú, que dejas huella
junto a su pie en sus primeros pasos,
y la impronta del bien como un prefacio
en el inédito registro de su vida.
Madre eres tú, impávida a tu propio dolor,
porque en el sacrificio maternal
encuentras recompensa.
Madre eres tú, que pones en su boca
hasta la necesaria ración que te alimenta.
Madre eres tú, que aprendiste a orar
para pedir al Cielo su ventura,
y apaciguar el sobresalto de su ausencia.
Tú, que la vida entregas
por el maravilloso prodigio de tu sangre.
Madre eres tú, perenne renuncia y abandono,
que sufres con sólo imaginar sus aflicciones,
tú que por cuidar su sueño
te desvelas.
Madre eres tú…
excelsa madre mía.
Tú, ejemplo de entrega,
tú que me prodigaste tu aliento
y me formaste.
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO
sábado, 12 de mayo de 2012
domingo, 6 de mayo de 2012
UNA SEÑAL DEL MÁS ALLÁ (III)
Con propósito científico intentó Emilio encontrar la manera de comprobar su hipótesis. De demostrar el más allá y la escisión de cuerpo y alma. Pero el intento, lejos de demostrar alguna cosa, acrecentaba la complicada empresa con la carga de las nuevas teorías que generaba. Definitivamente el acceso al conocimiento de lo sobrenatural era inviolable.
Aunque imaginaba que una nítida ruptura entre el cuerpo y el espíritu se daba en el momento de la muerte, concebía la idea de que existieran antes momentos de separación entre el alma y la materia. Y le proponía a Adriana ejercicios como este: “Intenta cuando te acuestes atiborrar tu mente con pensamientos que te liberen de tu cuerpo, que te permitan elevarte en un viaje al infinito, que te hagan sentir etérea, liberada de las leyes de la física”. Adriana como dócil alumna lo intentaba, pero sin estar absolutamente persuadida del mundo que idealizaba Emilio, le contaba, tras despertar al otro día, que había tenido un sueño plácido y profundo, pero sin la más remota sombra de un recuerdo.
“No te concentras. No pones completamente de tu parte”. Y con ingenio, más por quedar bien que por convencimiento, refutaba: ”Yo creo que es todo lo contrario. Tanto me absorbo, que mi espíritu se desprende de mi cuerpo y no queda en mi mente, de su viaje, ni un recuerdo. Así ha de ser como funciona. No permite el Creador que tengamos en esta vida conocimiento de ese mundo reservado”. Podía ser cierto, pero él sí tenía experiencias por contarle: “Me dormí con la férrea convicción de adentrarme en el mundo exclusivo del espíritu y recuerdo que pese a mi apariencia corporal, floté ligero, y más liviano que una pluma fui impulsado, no sé si por el viento, a una altura en que lo dominaba todo. Y a mi voluntad subía y bajaba, e ingrávido desbordé la cúpula del cielo. Me hice etéreo y penetré los confines del espacio, debí llegar a Dios sin darme cuenta, porque por un instante tuve la sensación de conquistar el infinito y lo absoluto. De pronto el concierto del amanecer en mi ventana me volvió a la corporeidad del nuevo día”.
No era un deliro, en consecuencia aceptaba que así como podía haber sido una experiencia sobrenatural, también había podido corresponder a un sueño.
Muchas veces se repitió la sensación sin aclararle nada. Claro que otra intención en esos viajes era instalarse en el más allá definitivamente. Por eso hasta detalles de su funeral llegaban a su imaginación sin angustiarlo.
Aunque imaginaba que una nítida ruptura entre el cuerpo y el espíritu se daba en el momento de la muerte, concebía la idea de que existieran antes momentos de separación entre el alma y la materia. Y le proponía a Adriana ejercicios como este: “Intenta cuando te acuestes atiborrar tu mente con pensamientos que te liberen de tu cuerpo, que te permitan elevarte en un viaje al infinito, que te hagan sentir etérea, liberada de las leyes de la física”. Adriana como dócil alumna lo intentaba, pero sin estar absolutamente persuadida del mundo que idealizaba Emilio, le contaba, tras despertar al otro día, que había tenido un sueño plácido y profundo, pero sin la más remota sombra de un recuerdo.
“No te concentras. No pones completamente de tu parte”. Y con ingenio, más por quedar bien que por convencimiento, refutaba: ”Yo creo que es todo lo contrario. Tanto me absorbo, que mi espíritu se desprende de mi cuerpo y no queda en mi mente, de su viaje, ni un recuerdo. Así ha de ser como funciona. No permite el Creador que tengamos en esta vida conocimiento de ese mundo reservado”. Podía ser cierto, pero él sí tenía experiencias por contarle: “Me dormí con la férrea convicción de adentrarme en el mundo exclusivo del espíritu y recuerdo que pese a mi apariencia corporal, floté ligero, y más liviano que una pluma fui impulsado, no sé si por el viento, a una altura en que lo dominaba todo. Y a mi voluntad subía y bajaba, e ingrávido desbordé la cúpula del cielo. Me hice etéreo y penetré los confines del espacio, debí llegar a Dios sin darme cuenta, porque por un instante tuve la sensación de conquistar el infinito y lo absoluto. De pronto el concierto del amanecer en mi ventana me volvió a la corporeidad del nuevo día”.
No era un deliro, en consecuencia aceptaba que así como podía haber sido una experiencia sobrenatural, también había podido corresponder a un sueño.
Muchas veces se repitió la sensación sin aclararle nada. Claro que otra intención en esos viajes era instalarse en el más allá definitivamente. Por eso hasta detalles de su funeral llegaban a su imaginación sin angustiarlo.
Luis María Murillo Sarmiento (Primer relato de "Cuentos críticos y reflexivos")
VER CAPÍTULO ANTERIOR
sábado, 28 de abril de 2012
UNA SEÑAL DEL MÁS ALLÁ (II)
Emilio entendía que el cuerpo es mortal y se desgasta, pero algo hay dentro impávido ante el tiempo. Imaginaba que iba de paso hacia un mundo mejor y sin afanes. Suficiente acicate para soportar lo que llegara. No imaginaba en el más allá tormentos, como los que aseguran los predicadores puritanos que arengan en nombre de un dios vengador que ni conocen. No, el suyo era un paraíso, en una existencia renovada saneada de sus perversiones, libre de los vicios terrenales; un mundo nuevo, pletórico de bondad y sin maldad alguna. ¡Qué iba a haber sufrimiento en un universo irreprochable! A nadie iban a condenar porque las faltas, con el arrepentimiento, al entrar, serían saldadas.
Pero lejos de Emilio pretender predicar verdades reveladas; de querer indisponer contra la materia al alma y de anatematizar el cuerpo y señalarlo como ruina del espíritu. El cuerpo en su esplendor era fastuoso, hermoso y hedonista, fuente de placeres indecibles, lo había disfrutado sin sonrojo alguno cuando ni una sombra de padecimiento lo inquietaba. Y ahora cuando las dolencias se iniciaban, le arrancaba goces que las compensaban. ¡No!, su cuerpo no era un contrincante, era un aliado, pero perecedero y frágil, con apogeo fugaz y limitado.
Admitía la finitud corporal como una ley natural, como un proceso normal que no lo atormentaba en razón de su hipótesis sobre el destino del ser tras de su ciclo corpóreo. Y volvía a su creencia de que el cuerpo podía ser admirable en su esplendor, pero era aborrecible en su crepúsculo. Duro juicio, reprochable, indigno, insensible con quienes reunían la condición de viejos. Pero cuando pensaba que él ya en esa categoría clasificaba, se sosegaba. No era entonces una crítica indolente, era la aceptación de una realidad inalterable. Bastaba ver su piel de sesenta años y compararla con la lozanía de Adriana a los veintiocho. Comparar aquel organismo joven, sin achaques, con el suyo, gastado y presa de dolencias. Pero no era el fin, nada que lo inquietara, también él había poseído una materia saludable y vigorosa. Se asombraba sí de que aquella mujer tan deseable lo quisiera. Pero lejos de aquel descubrimiento derrumbar su tesis, podía asegurar que la afianzaba: Tras el deslumbramiento por lo carnal y joven, llegaba el aprecio por el interior de las personas. Una mirada a lo profundo, sin la distracción de la cubierta seductora. Y en esa profundidad, aseguraba, se descubre el verdadero ser y todo lo admirable. “Adriana, esa es el alma”.
Pero lejos de Emilio pretender predicar verdades reveladas; de querer indisponer contra la materia al alma y de anatematizar el cuerpo y señalarlo como ruina del espíritu. El cuerpo en su esplendor era fastuoso, hermoso y hedonista, fuente de placeres indecibles, lo había disfrutado sin sonrojo alguno cuando ni una sombra de padecimiento lo inquietaba. Y ahora cuando las dolencias se iniciaban, le arrancaba goces que las compensaban. ¡No!, su cuerpo no era un contrincante, era un aliado, pero perecedero y frágil, con apogeo fugaz y limitado.
Admitía la finitud corporal como una ley natural, como un proceso normal que no lo atormentaba en razón de su hipótesis sobre el destino del ser tras de su ciclo corpóreo. Y volvía a su creencia de que el cuerpo podía ser admirable en su esplendor, pero era aborrecible en su crepúsculo. Duro juicio, reprochable, indigno, insensible con quienes reunían la condición de viejos. Pero cuando pensaba que él ya en esa categoría clasificaba, se sosegaba. No era entonces una crítica indolente, era la aceptación de una realidad inalterable. Bastaba ver su piel de sesenta años y compararla con la lozanía de Adriana a los veintiocho. Comparar aquel organismo joven, sin achaques, con el suyo, gastado y presa de dolencias. Pero no era el fin, nada que lo inquietara, también él había poseído una materia saludable y vigorosa. Se asombraba sí de que aquella mujer tan deseable lo quisiera. Pero lejos de aquel descubrimiento derrumbar su tesis, podía asegurar que la afianzaba: Tras el deslumbramiento por lo carnal y joven, llegaba el aprecio por el interior de las personas. Una mirada a lo profundo, sin la distracción de la cubierta seductora. Y en esa profundidad, aseguraba, se descubre el verdadero ser y todo lo admirable. “Adriana, esa es el alma”.
Luis María Murillo Sarmiento (Primer relato de "Cuentos críticos y reflexivos")
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viernes, 20 de abril de 2012
UNA SEÑAL DEL MÁS ALLÁ (I)
Emilio no había podido desentrañar el sentido de la vida... y decidió adentrase en el conocimiento de la muerte. Bueno, más que en el entendimiento del sencillo proceso de morir, buscaba la comprensión del más allá, adelantarse a lo que tarde o temprano le depararía el destino.
Deliberadamente había descuidado su cuerpo. Ni su salud ni su aspecto eran motivo de mayor preocupación. Lo atribuía al rechazo de vanidades y delicadezas que no iban con su hombría. Era consciente de las consecuencias de su negligencia, “pero si he de morir qué más da que el momento se atrase o se adelante”.
“No te quieres, le insistía Adriana”, reprochando su desidia. En un comienzo le pareció lógica la conjetura de su amiga. Aunque no lo sentía así, ahí estaban las señales que hacían imposible refutarla. ¿Pero su seguridad, el aprecio por el producto de su raciocinio, la jactancia de su inteligencia, el alarde de su intelectualidad podían ser demostración y efecto del desinterés en sí mismo? ¡No! No era que no se quisiera, era que siempre había enaltecido la función cerebral sobre cualquier otra actividad orgánica. Él era el producto de su actividad mental; los órganos, salvo el cerebro, eran apéndices sin relevancia. La deducción le pareció correcta.
Se estimaba y mucho, pero estimaba su ser mas no su cuerpo. Bueno, tampoco era que lo despreciara, al fin y al cabo era el medio en que se trasportaba en este mundo y el vehículo de sus dichas terrenales. Pero tampoco estaba dispuesto a ser su esclavo, convencido como se hallaba de que algo más trascendental tenía que aventajarlo.
Sin embargo la inmortalidad, en el fondo de su ser le interesaba, así que le refregaba al cuerpo su finitud, su carácter perecedero, su tránsito fugaz; su carácter mortal que truncaba de paso la actividad del cerebro, el más apreciado de sus órganos. Si no iba a existir materia gris para seguir pensando, dedujo que debía escribir su pensamiento para inmortalizarlo. Sí, escribir sería una forma de trascender, de no morir definitivamente. Y alternando los gozos, esos si de su materia, con la fascinación carnal que le brindaba Adriana, razonó, enjuició, dilucidó, pontificó y escribió, escribió y escribió para dejar su impronta en este mundo.
Pero llegó el día en que le pareció insuficiente perdurar tan solo a través de sus escritos. Dejar a la posteridad su pensamiento apenas lo estimó un consuelo: no la idea, sino su autor debía ser inextinguible. Si el cerebro era mortal y fallecía, no debía ser, probablemente, el artífice de ideas que perduraran, sino un vehículo apenas del que su alma se servía. Un medio físico para exteriorizar un mundo psíquico intangible. “El cuerpo, entonces, apenas es ropaje. Un atuendo que alberga mi ser en esta tierra. ¡Qué ignorancia: dizque el hombre ansiando eternidad cuando es eterno¡”. Le gustó la conjetura. “Probablemente la gente confunde el cuerpo con el ser. El cuerpo es una indumentaria, una simple prenda que utiliza el alma”. Y empezó a buscar argumentos que la sustentaran.
Comenzó a discriminar cuerpo y alma en cada ser humano; a ver a sus semejantes más allá de su aspecto y de sus formas. Halló cuerpos que fascinaban por su lozanía, físicamente bellos, sobre todo por los encantos de su juventud. Cuerpos, también, ajados y marchitos, objetivamente sin atractivo alguno; infames con los seres adorables que llevaban dentro: almas nobles agobiadas por los dolores corporales, almas hermosas albergadas en una materia deslucida. Intuyó dentro de la sustancia corruptible una llama inextinguible, una luz eterna y apacible, e imaginó en la muerte el parto del espíritu, la liberación del alma. Fue entonces cuando le dijo a Adriana que imaginaba su alma atrapada en un cascarón que era su cuerpo. Y que presentía que cuando esa cubierta se quebrara, como en el nacimiento de un pichón que brota del cascarón del huevo, su alma emergería del cuerpo y recuperaría la libertad que lo cohibía. Entonces se volvieron rutinarias sus críticas a lo material del ser humano.
“Esclavizado por el cuerpo se le va al hombre la vida en esta tierra”. Y Adriana reaccionó creyendo que había hecho presa de su amigo la locura, de pronto, el fanatismo de una secta religiosa. ¿Cómo iba a imaginar su cuerpo como esclavo padeciendo al recordar la dicha de Emilio disfrutando el suyo, al percibir el gozo de su tacto sobre su piel desnuda, al experimentar en su cuerpo su mirada lúbrica? Pero no, a esa esclavitud, si es que lo era, Emilio no aludía. Se refería a las acciones obligadas, nunca a las placenteras y espontáneas. Así que para evitar la confusión de Adriana amplió la exposición en estos términos: “Al cuerpo hay que darle alimento, hay que vestirlo, hay que brindarle un techo, hay que darle medicinas y otro tipo de cuidados. ¡Todo cuesta! ¡Para eso se trabaja! Se es esclavo del trabajo para satisfacer necesidades. Creo en cambio que el alma no demanda nada”.
¿Y cómo negarle el argumento en lo atinente al cuerpo si los más exigentes, los del recién nacido y del anciano, son incapaces de cuidarse solos? Perecerían sin alguien que se apiade de ellos.
“Se nos va la vida en la incertidumbre de la supervivencia, atesorando para no sufrir o amasando para veleidad del cuerpo. No imagino el alma hambrienta ni sedienta, padeciendo por el calor o el frío, precisando de joyas o dinero, doblada por la artritis o doblegada por la enfermedad coronaria, el accidente cerebrovascular o el enfisema. Ni siquiera rendida por la vejez o por la muerte. Del alma son los sentimientos, las virtudes, lo que no tiene precio, lo impalpable. Todo lo que exige el cuerpo es material, y todo lo material se transa con dinero. Luego el cuerpo tiene que esforzarse en conseguirlo. ¡Trabajar para apenas sobrevivir toda la vida!”.
Le pareció lúgubre a Adriana la interpretación de la existencia que formulaba Emilio. “¿Y dónde queda la exaltación que nos suscita el amor, la dicha de un paisaje, el gozo de un poema, la alegría de unas notas musicales?”. “Adriana, esos son placeres del espíritu, los sentidos solo son el medio que los capta. Tener esos goces es lo que yo reclamo. Es eso radica mi protesta: que preocupado en mi manutención tenga que relegarlos. “Y los pospones tanto -concluyó Adriana llevándole la idea- que te vas sin haberlos disfrutado”.
Era una frase desalentadora, pero no para Emilio, quien ya había elaborado un mundo que lo serenaba, que calmaba y explicaba sus insatisfacciones terrenales y pincelaba de ilusiones y esperanzas el universo que se abre tras la muerte. La parca no iba a ser una maldición sino una dicha. Por eso dijo: “Pienso más bien que al partir podré por fin comenzar a disfrutarlos”.
Deliberadamente había descuidado su cuerpo. Ni su salud ni su aspecto eran motivo de mayor preocupación. Lo atribuía al rechazo de vanidades y delicadezas que no iban con su hombría. Era consciente de las consecuencias de su negligencia, “pero si he de morir qué más da que el momento se atrase o se adelante”.
“No te quieres, le insistía Adriana”, reprochando su desidia. En un comienzo le pareció lógica la conjetura de su amiga. Aunque no lo sentía así, ahí estaban las señales que hacían imposible refutarla. ¿Pero su seguridad, el aprecio por el producto de su raciocinio, la jactancia de su inteligencia, el alarde de su intelectualidad podían ser demostración y efecto del desinterés en sí mismo? ¡No! No era que no se quisiera, era que siempre había enaltecido la función cerebral sobre cualquier otra actividad orgánica. Él era el producto de su actividad mental; los órganos, salvo el cerebro, eran apéndices sin relevancia. La deducción le pareció correcta.
Se estimaba y mucho, pero estimaba su ser mas no su cuerpo. Bueno, tampoco era que lo despreciara, al fin y al cabo era el medio en que se trasportaba en este mundo y el vehículo de sus dichas terrenales. Pero tampoco estaba dispuesto a ser su esclavo, convencido como se hallaba de que algo más trascendental tenía que aventajarlo.
Sin embargo la inmortalidad, en el fondo de su ser le interesaba, así que le refregaba al cuerpo su finitud, su carácter perecedero, su tránsito fugaz; su carácter mortal que truncaba de paso la actividad del cerebro, el más apreciado de sus órganos. Si no iba a existir materia gris para seguir pensando, dedujo que debía escribir su pensamiento para inmortalizarlo. Sí, escribir sería una forma de trascender, de no morir definitivamente. Y alternando los gozos, esos si de su materia, con la fascinación carnal que le brindaba Adriana, razonó, enjuició, dilucidó, pontificó y escribió, escribió y escribió para dejar su impronta en este mundo.
Pero llegó el día en que le pareció insuficiente perdurar tan solo a través de sus escritos. Dejar a la posteridad su pensamiento apenas lo estimó un consuelo: no la idea, sino su autor debía ser inextinguible. Si el cerebro era mortal y fallecía, no debía ser, probablemente, el artífice de ideas que perduraran, sino un vehículo apenas del que su alma se servía. Un medio físico para exteriorizar un mundo psíquico intangible. “El cuerpo, entonces, apenas es ropaje. Un atuendo que alberga mi ser en esta tierra. ¡Qué ignorancia: dizque el hombre ansiando eternidad cuando es eterno¡”. Le gustó la conjetura. “Probablemente la gente confunde el cuerpo con el ser. El cuerpo es una indumentaria, una simple prenda que utiliza el alma”. Y empezó a buscar argumentos que la sustentaran.
Comenzó a discriminar cuerpo y alma en cada ser humano; a ver a sus semejantes más allá de su aspecto y de sus formas. Halló cuerpos que fascinaban por su lozanía, físicamente bellos, sobre todo por los encantos de su juventud. Cuerpos, también, ajados y marchitos, objetivamente sin atractivo alguno; infames con los seres adorables que llevaban dentro: almas nobles agobiadas por los dolores corporales, almas hermosas albergadas en una materia deslucida. Intuyó dentro de la sustancia corruptible una llama inextinguible, una luz eterna y apacible, e imaginó en la muerte el parto del espíritu, la liberación del alma. Fue entonces cuando le dijo a Adriana que imaginaba su alma atrapada en un cascarón que era su cuerpo. Y que presentía que cuando esa cubierta se quebrara, como en el nacimiento de un pichón que brota del cascarón del huevo, su alma emergería del cuerpo y recuperaría la libertad que lo cohibía. Entonces se volvieron rutinarias sus críticas a lo material del ser humano.
“Esclavizado por el cuerpo se le va al hombre la vida en esta tierra”. Y Adriana reaccionó creyendo que había hecho presa de su amigo la locura, de pronto, el fanatismo de una secta religiosa. ¿Cómo iba a imaginar su cuerpo como esclavo padeciendo al recordar la dicha de Emilio disfrutando el suyo, al percibir el gozo de su tacto sobre su piel desnuda, al experimentar en su cuerpo su mirada lúbrica? Pero no, a esa esclavitud, si es que lo era, Emilio no aludía. Se refería a las acciones obligadas, nunca a las placenteras y espontáneas. Así que para evitar la confusión de Adriana amplió la exposición en estos términos: “Al cuerpo hay que darle alimento, hay que vestirlo, hay que brindarle un techo, hay que darle medicinas y otro tipo de cuidados. ¡Todo cuesta! ¡Para eso se trabaja! Se es esclavo del trabajo para satisfacer necesidades. Creo en cambio que el alma no demanda nada”.
¿Y cómo negarle el argumento en lo atinente al cuerpo si los más exigentes, los del recién nacido y del anciano, son incapaces de cuidarse solos? Perecerían sin alguien que se apiade de ellos.
“Se nos va la vida en la incertidumbre de la supervivencia, atesorando para no sufrir o amasando para veleidad del cuerpo. No imagino el alma hambrienta ni sedienta, padeciendo por el calor o el frío, precisando de joyas o dinero, doblada por la artritis o doblegada por la enfermedad coronaria, el accidente cerebrovascular o el enfisema. Ni siquiera rendida por la vejez o por la muerte. Del alma son los sentimientos, las virtudes, lo que no tiene precio, lo impalpable. Todo lo que exige el cuerpo es material, y todo lo material se transa con dinero. Luego el cuerpo tiene que esforzarse en conseguirlo. ¡Trabajar para apenas sobrevivir toda la vida!”.
Le pareció lúgubre a Adriana la interpretación de la existencia que formulaba Emilio. “¿Y dónde queda la exaltación que nos suscita el amor, la dicha de un paisaje, el gozo de un poema, la alegría de unas notas musicales?”. “Adriana, esos son placeres del espíritu, los sentidos solo son el medio que los capta. Tener esos goces es lo que yo reclamo. Es eso radica mi protesta: que preocupado en mi manutención tenga que relegarlos. “Y los pospones tanto -concluyó Adriana llevándole la idea- que te vas sin haberlos disfrutado”.
Era una frase desalentadora, pero no para Emilio, quien ya había elaborado un mundo que lo serenaba, que calmaba y explicaba sus insatisfacciones terrenales y pincelaba de ilusiones y esperanzas el universo que se abre tras la muerte. La parca no iba a ser una maldición sino una dicha. Por eso dijo: “Pienso más bien que al partir podré por fin comenzar a disfrutarlos”.
Luis María Murillo Sarmiento (Primer relato de "Cuentos críticos y reflexivos")
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lunes, 9 de abril de 2012
¿DÓNDE ESTÁN LAS ALMAS NOBLES QUE PARTIERON DE LA TIERRA?
¿Dónde están las almas nobles que partieron de la Tierra?
¿Naufragaron con sus restos sus virtudes?
¿Fenecieron con su cuerpo sus maneras?
¿Debo buscarlas bajo una losa fría?
¿Entre despojos que engullen los gusanos?
¿Dónde están los seres que blandieron la bondad en esta vida?
¿Se inhumaron sus despojos con sus obras?
¿Se cremaron con su cuerpo sus razones?
¿A cenizas redujeron sus valores?
¿Dónde están los seres -proclives al martirio-
que demostraron santidad en este mundo?
Que sufrieron sin clemencia humillaciones,
que marcharon sin el premio a su nobleza.
¿Pereció con la materia su grandeza?
¿Se consumió la bondad con lo corpóreo?
¿Dónde están las almas que amaron a su prójimo
-prefiriendo a la dicha el sacrificio-?
¿Dónde están sus sentimientos admirables?
¿Dónde están sus conciencias impecables?
¿Dónde están sus corazones indulgentes?
¿Dónde sus razones intachables?
¿Dónde están sus sublimes ideales?
En otro mundo han de albergarse,
porque una cripta es poco espacio
para el fruto inmaterial del hombre:
¡En un sepulcro vulgar no cabe el alma!
Su inmensidad demanda un universo
-que además compense sus cuitas terrenales-.
Un universo acorde a sus virtudes.
un universo que premie sus desvelos,
un universo en que la perfección no sea improbable.
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Este no es mi mundo")
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¿Naufragaron con sus restos sus virtudes?
¿Fenecieron con su cuerpo sus maneras?
¿Debo buscarlas bajo una losa fría?
¿Entre despojos que engullen los gusanos?
¿Dónde están los seres que blandieron la bondad en esta vida?
¿Se inhumaron sus despojos con sus obras?
¿Se cremaron con su cuerpo sus razones?
¿A cenizas redujeron sus valores?
¿Dónde están los seres -proclives al martirio-
que demostraron santidad en este mundo?
Que sufrieron sin clemencia humillaciones,
que marcharon sin el premio a su nobleza.
¿Pereció con la materia su grandeza?
¿Se consumió la bondad con lo corpóreo?
¿Dónde están las almas que amaron a su prójimo
-prefiriendo a la dicha el sacrificio-?
¿Dónde están sus sentimientos admirables?
¿Dónde están sus conciencias impecables?
¿Dónde están sus corazones indulgentes?
¿Dónde sus razones intachables?
¿Dónde están sus sublimes ideales?
En otro mundo han de albergarse,
porque una cripta es poco espacio
para el fruto inmaterial del hombre:
¡En un sepulcro vulgar no cabe el alma!
Su inmensidad demanda un universo
-que además compense sus cuitas terrenales-.
Un universo acorde a sus virtudes.
un universo que premie sus desvelos,
un universo en que la perfección no sea improbable.
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Este no es mi mundo")
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viernes, 30 de marzo de 2012
SOY ALMA YERTA
No funde el sol el hielo de mi alma,
ni su refulgencia aclara mi penumbra.
Para mi aliento vencido,
es gélido el aire abrasador del mediodía.
Inmune al tropel es mi entraña solitaria.
¡Soy alma yerta que apenas se estremece!
Siento en cada suspiro
el parto doloroso de un recuerdo;
y las ilusiones desfilando
-de riguroso negro-
en fúnebre cortejo.
Soy presa de las fobias,
insensible a la esplendor del universo.
¡Soy alma yerta que apenas se estremece!
Advierto el terror de la noche
despierto en la bestia del insomnio;
y presiento las pesadillas
danzando en el tinglado de mis sueños.
Siento mi aliento lindante con la muerte;
y la muerte…
como un anhelo sin premio ni dolores:
expresión tan sólo de la nada.
¡Soy alma yerta que apenas se estremece!
Jadea mi pecho asfíctico,
detenido en una congoja interminable.
Más que oxígeno reclamo en mi agonía:
sólo acepto la muerte o tu presencia.
¡Soy alma yerta que apenas se estremece!
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético")
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ni su refulgencia aclara mi penumbra.
Para mi aliento vencido,
es gélido el aire abrasador del mediodía.
Inmune al tropel es mi entraña solitaria.
¡Soy alma yerta que apenas se estremece!
Siento en cada suspiro
el parto doloroso de un recuerdo;
y las ilusiones desfilando
-de riguroso negro-
en fúnebre cortejo.
Soy presa de las fobias,
insensible a la esplendor del universo.
¡Soy alma yerta que apenas se estremece!
Advierto el terror de la noche
despierto en la bestia del insomnio;
y presiento las pesadillas
danzando en el tinglado de mis sueños.
Siento mi aliento lindante con la muerte;
y la muerte…
como un anhelo sin premio ni dolores:
expresión tan sólo de la nada.
¡Soy alma yerta que apenas se estremece!
Jadea mi pecho asfíctico,
detenido en una congoja interminable.
Más que oxígeno reclamo en mi agonía:
sólo acepto la muerte o tu presencia.
¡Soy alma yerta que apenas se estremece!
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético")
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martes, 13 de marzo de 2012
EDUCAR NO ES FORMAR. ¿ES LA ENSEÑANZA UN PROCESO EN BANCARROTA?
Las palabras del profesor Grisales lo hicieron consciente de sus promesas incumplidas:
–Decidí no aguardar más tu visita. Si lo hago no me hubiera jubilado.
Había dicho José que volvería cuando dejó el colegio, que no se alejaría de la universidad que lo formó, que regresaría a la empresa que le brindó el primer trabajo. Jamás lo hizo. Apenas habían sido expresiones de emotividad guiadas por la nostalgia de la separación. En cada sitio quedaban amistades maravillosos y miles de recuerdos. En cada despedida existía el deseo sincero de volver, pero al final, su mundo era la gente con la que compartía el momento.
Cortó el vuelo a su imaginación y se reencontró con el viejo profesor. Estaba frente a él, inconfundible. Unos quince años más viejo; los mismos que habían transcurrido desde la última vez que se encontraron, cuando le prometió la visita que nunca llegaría. Su cabello blanco, su rostro cansado y sus arrugas a nadie le hubieran permitido imaginar la fortaleza del maestro que 40 años atrás dictaba la clase de literatura. Y a pesar de su humanidad languidecida, lucía más joven que el alumno consumido por el cáncer.
–En el colegio ya no encuentras caras que conozcas. Fui el último de tus profesores que pasó el retiro. Se va la vida.
–Los años pasan –confirmó José– consumiendo toda la existencia.
–Por eso he venido a visitarte. El negro Cubillos me contó que luchabas contra una enfermedad muy grave. Llamé a Francisco y me ayudó a encontrarte.
José sintió el cuarto inundado por el bullicio del recreo. Le pareció estar a la sombra centenaria de los árboles de la vieja casona en que funcionaba el colegio de los redentores. Discípulo y maestro inmersos en los recuerdos dialogaban, se diría que veían a los niños corriendo, a los profesores vigilando y al rector departiendo en el balcón con los padres de familia. Sentían la algarabía y de pronto el súbito silencio, tras el silbo que llamaba al orden. Veían la formación en el patio, el desfile a los salones y el paraje, por último, vacío. Y percibían de lejos un rumor que traspasaba las puertas de las aulas. Uno a uno fueron recordando a los maestros.
–Mis profesores fueron sabios y comprensivos, unos; otros, autoritarios y dogmáticos.
Y recordó la clases de química del «justo Abel», las lecciones de matemáticos de «Ternerita», las enseñanzas de urbanidad de Raquel, la cátedra de física de Agustín Cortina, y desde luego la asignatura de español de Querubín Grisales. Cuando paso al recuento de los más tiranos, que eran pocos, inició la mención con Arciniegas.
–Pocos como él para ilustrar lo que es la intransigencia. Con decir que yo siempre guardaba la esperanza de que algo le pasara para que no llegara. Hoy siento pena de mis deseos malévolos. Y lástima, por él como por todos los déspotas reprobados por quienes padecimos sus lecciones.
–El juicio de los alumnos también es implacable –sostuvo el profesor.
–Y el tiempo compasivo –complementó José–. Porque esos dictadores pasaron al olvido. Y si de pronto los volvemos a traer a la memoria, lo hacemos sin rencor, de repente como un recuerdo entretenido.
Entonces se deshizo en elogios con Grisales, maestro ejemplar por excelencia. Tan sentidas fueron sus palabras que los ojos del maestro se vieron repentinamente humedecidos.
–Apenas hice lo que tenía que hacer –dijo sin encontrar palabras.
–No sea modesto. Eso decían también los profesores que creían en el azote.
Y le contó la anécdota del «escudo perfecto» que no pasó la prueba de Arciniegas.
–Tal vez por prepotente, él sólo admitía como veraces los apuntes que nos hacía tomar en clase. Si averiguábamos otras fuentes se ponía furioso: «Señor Robayo, si no acepta mis orientaciones bien puede retirarse de mi cátedra. ¡Y que lo acaben de educar los libros!». Era tacaño con las notas, por mucho, y muy de vez en cuando, se le escapaba un cuatro. No reconocía habilidad ni virtud en sus discípulos. Lo suyo era rajar. Aun así me propuse conseguir su aplauso con el escudo de Colombia que puso por tarea. Yo lo veía perfecto. Lo miraba y me parecía salido de una imprenta. Pero lo hizo trizas, lo rayó hasta la saciedad y le encontró cientos de errores. «¡No hizo la tarea señor Robayo!». La magnitud de la injusticia provocó la ira de mi padre. «No es que estrictamente el joven no haya hecho la tarea», le dijo en tono acobardado, «es que para efectos de la nota, una tarea mal hecha, es una tarea que no se hizo». «Es su opinión, un concepto demasiado subjetivo», respondió mi padre. «Nadie que juzgue el trabajo de mi hijo podrá afirmar que nada hizo. Y no me refiero a la perfección, sino al esfuerzo. Hasta una tarea mal hecha lo demanda. ¿Dónde registra usted la dedicación del niño al realizarla? ¿En que parte de la nota reconoce sus desvelos? ¿Ignora acaso los intereses que sus alumnos sacrifican para cumplir con su materia?». «Eso hace parte del concepto que tenemos de los educandos», le dijo para salir del paso. «Dígale a su hijo que puede traer de nuevo la tarea». El viejo iba dispuesto a un agrio enfrentamiento. No hubo tal. La discusión fue fría, pero civilizada. De todas maneras disfruté oyendo a mi papá contar cuanto había dicho en mi defensa. Le rebatió a Arciniegas tanta obsesión con las tareas, le señaló lo poco que quedaba de las desmedidas exigencias escolares, le enfatizó que más que conocimientos, los profesores estaban obligados a inculcar valores, y le dijo que si la actitud con los niños carecía de humanidad y de justicia, la formación se malograba. Me contó también, que ese hombre déspota con sus alumnos se había derrumbado ante él, como si no estuviera hecho para la confrontación con sus iguales.
–Y se perdió Arciniegas –anotó Grisales–. Era de esperarse. Tenía sentimientos de errabundo. Introvertido, sólo, amargado y deprimido, era arisco a la amistad, o acaso la amistad le rehuía. Se retiró sin jubilarse. Alguien creyó escuchar que ya había muerto. Debo confesarte que tú eres la primera persona que me habla de él en tantos años. Cuántos, por el contrario, preguntan por Ana Caballero.
–Anita era una profesora incomparable. Sin ella el francés jamás me hubiera interesado. Recuerdo con toda lucidez cuando en su clase al gordo Reyes le estallaron unos huevos y una talega de harina en la cabeza. Anita que nos daba la espalda en ese instante por estar escribiendo en el tablero, reaccionó desconcertada cuando escuchó la atronadora carcajada. La harina y las yemas escurrieron por la cara del muchacho, sin forma de esconderlas. Ante la falta inocultable, Gómez y Bedoya sintieron pánico de la impulsiva travesura. Pero el episodio no salió del aula. «Déjenme ver lo que hay en esa bolsa», dijo Anita cuando se percató de todo lo ocurrido. Quedaba media talega de harina y cinco huevos. «Acérquense», les dijo a Reyes, y a Gómez y Bedoya. Al primero le entregó la bolsa, y en una decisión inesperada, hizo que Reyes descargara sobre los otros jóvenes todo el contenido. Todo el salón celebró con desinhibidas risotadas, a sabiendas de que la profesora era la causante del relajo. «Cuando se soportan en carne propia, es que se conoce el peso de las propias faltas. Espero que la lección quede aprendida». Muchos años después oí a Bedoya recordar con cariño el correctivo.
–Era tan prudente que sólo hoy me vengo a enterar del incidente. Ese era su talante. Has de saber que en los consejos ella siempre fue el obstáculo para expulsar a los muchachos. «Cuanto más grave la falta –argumentaba– mayor debe ser el compromiso del colegio. Expulsando al estudiante el plantel evade la responsabilidad, soluciona apenas su problema; no resuelve el de la sociedad, ni el del alumno». Por eso insistía en que el compromiso de formar obliga a enderezar a los muchachos que ya vienen torcidos, pues el mérito de aleccionar a los virtuosos le parecía irrisorio. Por algo la apodaban «la abogada de los sinvergüenzas».
Así se fue la tarde, entre reminiscencias. Una simple evocación avivaba mil detalles, y la memoria, como un mar insondable, aseguraba una pesca interminable. José volvió a gozar con las satisfacciones del pasado. Hasta los momentos enojosos, por superados, los encontraba revestidos de un halo placentero. No hablaron de la muerte, no tenía cabida. Entre tema y tema el ocaso se metió por la ventana. La extraordinaria llamarada clamaba por un paisajista iluminado, pero los contertulios ensimismados en otra realidad apenas la notaban. El profesor Grisales, de espalda al espectáculo, escasamente reparaba por la progresiva oscuridad, que la visita se prolongaba más de lo debido; y José acostumbrado a los hermosos crepúsculos de su vista privilegiada del octavo piso, no advertía la fastuosidad del que tenía delante. El profesor miró en su reloj la hora y comenzó a preparar la despedida. La visita no acabó, sin embargo, en ese instante, pues unas críticas de José al sistema educativo volvieron a Grisales a su asiento.
–No puedo ocultar mi indignación al ver el estudio convertido en un tormento. Veo a los colegios empeñados en obstaculizar la dicha de los niños. Consumiéndoles con exigencias el tiempo más propicio para ser felices: el tiempo de la infancia. Cerrándole las puertas a su ingenio con la rigidez de sus currículos. ¿Será que como un amigo me dijera, los colegios son instituciones concebidas para acabar con la dicha familiar y la felicidad de los muchachos? ¿Monstruos creados por el Estado para forjar ciudadanos sumisos, sometiéndolos desde la infancia? De pronto no sea premeditado, al fin y al cabo inconscientemente las ínfulas del poder llevan al hombre a complicar, más que a solucionar, la vida de sus semejantes. Si no existe más sabiduría para aprovechar mejor los años escolares, dejemos a los niños aguardar plácidamente la adultez, matando el tiempo mientras llega el momento de los estudios superiores.
Grisales se sorprendió con la acritud del comentario y hasta le preguntó si era un reclamo a sus viejos maestros por la educación que le impartieron.
–¿Se puede imaginar, profesor, que en su momento ni una de estas ideas pasaron por mi mente? –le dijo a Grisales, eximiéndolo de toda culpa–. Lo que pasa es que veo la enseñanza como un proceso en franca bancarrota, que pretende encauzar a los niños en la filosofía de los adultos de producir sin tregua. Obsesión de la productividad que habrá de aniquilar al hombre.
Y le explicó que no era un asunto que viera en la distancia, sino una realidad de la que tenía conocimiento, y le contó las quejas de Claudia, la madre de Carlitos: «A toda hora la tarea. Y es que es la tarea por la tarea, la tarea para los padres, la tarea para arruinarnos el descanso. Ni siquiera sirve para forjar una rutina que les sirva a los niños cuando grandes, porque cuando el estudiante se convierta en empleado, lo primero que hará si es reflexivo, será separar las actividades del trabajo y de la casa. ¿Por qué deben entonces continuar en el hogar las rutinas del colegio? ¿Será para que hagamos los padres las labores del maestro?»
–Me parece inaudito –dijo José continuando su reproche– que Eleonora, usted y yo, con tantos años como separan nuestras generaciones, seamos el producto de la misma enseñanza y de las mismas reglas. Disculpo al pasado, rezagado y riguroso, pero no absuelvo al presente de sus culpas. ¿Cómo es posible que sigamos apegados al currículo obligatorio y rígido que atiborra al estudiante de conocimientos que no son esenciales? ¿Lo que se enseña es lo que realmente debe saber el estudiante? Probablemente no. Si así fuera jamás lo olvidaría. De los años escolares apenas sobreviven por su utilidad, la lectura, la escritura y las cuatro operaciones.
–Aunque no sea tan exacto, como caricatura es impecable –replicó Grisales afectado por la exageración.
–Lo patente, profesor, es que el mundo cambió con la tecnología. Estudiar, antes era un asunto de memoria, hoy la memoria es el disco duro un computador. Hecho para pensar, el cerebro de los estudiantes más que almacenar conocimientos debe aprender a utilizarlos. Sin embargo los colegios siguen obstinados en producir enciclopedias.
–Estoy de acuerdo contigo en que en estos tiempos del computador y la informática la memorización debiera haber perdido trascendencia y el razonamiento ganado relevancia. Sin embargo los propósitos de la educación y los currículos son políticas que definen los gobiernos. Educadores y colegios no tienen otro camino que observarlos.
–Si la mayoría de los niños sienten aversión por el estudio es porque la metodología choca con su naturaleza. Le falta ingenio al sistema educativo para entusiasmar a los menores en las materias que pretenden enseñarles.
–Sin lugar a dudas se deben revisar los contenidos y hacerlos más flexibles. Hay que innovar estrategias que hagan amena la enseñanza, sin olvidar la formación moral y espiritual, más importante que ese embutido de información que tu criticas. Atado a los patrones del momento debí enseñar cosas inútiles y exigir tareas inoficiosas. Tanto que instruí en los diptongos y en los hiatos, en el acento diacrítico, en las partes de la oración, en el núcleo del predicado y del sujeto, en los tiempos verbales y los complementos, para saber que a mis discípulos hoy no les sirve ni para ayudarles a sus hijos en la elaboración de las tareas... porque sencillamente lo olvidaron.
–No es su culpa, ni la de ellos –lo interrumpió José–. Es el peso de los hechos que demuestra que para que perdure una lección, se debe entender lo que se aprende, y ponerlo en práctica repetidamente. No es porque el profesor enseña que «rompido» no se dice, que el niño lo recuerda; es porque de tanto repetirlo, graba que se dice roto. Si esa palabra jamás la utilizara, a pesar de la enseñanza seguiría ignorante. Por eso yo propongo que en conocimientos que no son fundamentales, sea el alumno el que elija los que más le gusten.
Grisales le dijo que la propuesta resultaba interesante, pero volvió a insistir en la labor del formador, para recalcar que como mentor, en cambio, habían abundado sus satisfacciones. «Por pura vocación, nunca no por exigencia, llegué al corazón de mis discípulos. A muchos alenté en sus sueños, a otros tantos atajé al borde de un mal paso; orienté a muchos indecisos, a otros les calmé la angustia; fui de todos amigo y consejero».
–Esas lecciones, profesor, son las que jamás se olvidan. Pero hoy la masificación, los grandes cursos, vuelven impersonal el trato.
–Tú tienes razón, José, la mala pedagogía hace que el conocimiento tenga que perseguir a un estudiante que siempre lo rechaza, cuando el objetivo es que el alumno vayan tras el conocimiento, espontáneamente y con agrado. Y en cuanto a las exigencias desmedidas, las censuro. Son estorbos al aprendizaje. La tensión desanima o enferma al estudiante, y tras la reprobación reiterada la deserción asecha.
Y como todo estaba en discusión, José aludió a los logros de los estudiantes, resaltando el cambio que había llevado a que no se eximiera a los docentes de los malos resultados escolares.
–En mis tiempos sólo los estudiantes podían ser los culpables –resaltó como remate.
Entonces Grisales se refirió a la transición entre la dictadura del maestro y la tiranía del educando:
–En la medida en que decae la omnipotencia del docente, veo afianzarse la altanería de los jóvenes con quienes los están formando. Probablemente ya pasó a la historia el acatamiento y la consideración de los discípulos de antaño.
–No obstante, profesor –dijo José muy convencido–yo no los veo tan altaneros. Creo que defienden sus intereses con la desenvoltura de nuestra modernidad y la desobediencia propia de la juventud. Es la misma insolencia que usted y yo vivimos de muchachos, pero con el matiz de nuestros días. Yo me resisto al primitivo impulso de enfrentarlos, y los entiendo porque soy rebelde. A su edad no necesitan contradictores que los exacerben, sino guías que los escuchen y comprendan.
–Dirigirlos y entenderlos fue siempre mi receta –dijo Grisales exaltando la figura del mentor.
Abstraídos en sus juicios se dejaron sorprender de las sombras de la noche. Una a una se fueron encendiendo las luces en la calle, pero Querubín y José parecían ajenos a la noción del tiempo.
–Este mundo, profesor, tiene el sello de la imperfección del hombre, así que los perfeccionistas habitualmente no obtienen más que frustraciones. No son los mejores los que lo gobiernan, no son las mentes más brillantes las que lo dirigen; son los mediocres herederos del poder, los influyentes y los aduladores.
–Dices bien, unos pocos estarán siempre por encima de todos los demás, sin ser más inteligentes, ni mejores que ellos.
Así hubieran continuado, de no llegar a poner orden la jefe de enfermeras. Grisales se marchó, y cuando a José lo invadió el sueño, desfilaron los niños de un colegio por su mente. Los veía felices explorando los conocimientos a su antojo. Todo era flexible. Como en bandeja les ponían los temas y no había estudiante que no se sintiera atraído por alguno. Unos escogían la química, y con un especialista –que los había para profundizar en todas la materias– desarrollaban algún proyecto que estimulara sus habilidades y su ingenio. Otros probaban con la historia. Engolosinados con Julio César, con Napoleón, con Alejandro, no se cansaban de escrutar sus vidas; y si de batallas se trataba, aprendían estrategias militares e ideaban juegos en que las ponían en práctica. Se divertían con todo lo aprendido. Libres de hacer lo que viniera en gana, ni uno sólo como se esperaba abandonó el estudio. Todos volvieron un hobby la academia. Hasta en sus casas, a escondidas –porque estaban prohibidas las tareas–, devoraban los textos que llevaban del colegio. Unos pocos conocimientos eran de obligatorio aprendizaje, y se reducían a un barniz apenas suficiente para que más tarde no los tildaran de ignorantes. Así, los que con la II Guerra Mundial se deleitaban, profundizaban en detalles, pero los que no le encontraban atractivo alguno, se concentraban en conceptos y datos generales.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")
–Decidí no aguardar más tu visita. Si lo hago no me hubiera jubilado.
Había dicho José que volvería cuando dejó el colegio, que no se alejaría de la universidad que lo formó, que regresaría a la empresa que le brindó el primer trabajo. Jamás lo hizo. Apenas habían sido expresiones de emotividad guiadas por la nostalgia de la separación. En cada sitio quedaban amistades maravillosos y miles de recuerdos. En cada despedida existía el deseo sincero de volver, pero al final, su mundo era la gente con la que compartía el momento.
Cortó el vuelo a su imaginación y se reencontró con el viejo profesor. Estaba frente a él, inconfundible. Unos quince años más viejo; los mismos que habían transcurrido desde la última vez que se encontraron, cuando le prometió la visita que nunca llegaría. Su cabello blanco, su rostro cansado y sus arrugas a nadie le hubieran permitido imaginar la fortaleza del maestro que 40 años atrás dictaba la clase de literatura. Y a pesar de su humanidad languidecida, lucía más joven que el alumno consumido por el cáncer.
–En el colegio ya no encuentras caras que conozcas. Fui el último de tus profesores que pasó el retiro. Se va la vida.
–Los años pasan –confirmó José– consumiendo toda la existencia.
–Por eso he venido a visitarte. El negro Cubillos me contó que luchabas contra una enfermedad muy grave. Llamé a Francisco y me ayudó a encontrarte.
José sintió el cuarto inundado por el bullicio del recreo. Le pareció estar a la sombra centenaria de los árboles de la vieja casona en que funcionaba el colegio de los redentores. Discípulo y maestro inmersos en los recuerdos dialogaban, se diría que veían a los niños corriendo, a los profesores vigilando y al rector departiendo en el balcón con los padres de familia. Sentían la algarabía y de pronto el súbito silencio, tras el silbo que llamaba al orden. Veían la formación en el patio, el desfile a los salones y el paraje, por último, vacío. Y percibían de lejos un rumor que traspasaba las puertas de las aulas. Uno a uno fueron recordando a los maestros.
–Mis profesores fueron sabios y comprensivos, unos; otros, autoritarios y dogmáticos.
Y recordó la clases de química del «justo Abel», las lecciones de matemáticos de «Ternerita», las enseñanzas de urbanidad de Raquel, la cátedra de física de Agustín Cortina, y desde luego la asignatura de español de Querubín Grisales. Cuando paso al recuento de los más tiranos, que eran pocos, inició la mención con Arciniegas.
–Pocos como él para ilustrar lo que es la intransigencia. Con decir que yo siempre guardaba la esperanza de que algo le pasara para que no llegara. Hoy siento pena de mis deseos malévolos. Y lástima, por él como por todos los déspotas reprobados por quienes padecimos sus lecciones.
–El juicio de los alumnos también es implacable –sostuvo el profesor.
–Y el tiempo compasivo –complementó José–. Porque esos dictadores pasaron al olvido. Y si de pronto los volvemos a traer a la memoria, lo hacemos sin rencor, de repente como un recuerdo entretenido.
Entonces se deshizo en elogios con Grisales, maestro ejemplar por excelencia. Tan sentidas fueron sus palabras que los ojos del maestro se vieron repentinamente humedecidos.
–Apenas hice lo que tenía que hacer –dijo sin encontrar palabras.
–No sea modesto. Eso decían también los profesores que creían en el azote.
Y le contó la anécdota del «escudo perfecto» que no pasó la prueba de Arciniegas.
–Tal vez por prepotente, él sólo admitía como veraces los apuntes que nos hacía tomar en clase. Si averiguábamos otras fuentes se ponía furioso: «Señor Robayo, si no acepta mis orientaciones bien puede retirarse de mi cátedra. ¡Y que lo acaben de educar los libros!». Era tacaño con las notas, por mucho, y muy de vez en cuando, se le escapaba un cuatro. No reconocía habilidad ni virtud en sus discípulos. Lo suyo era rajar. Aun así me propuse conseguir su aplauso con el escudo de Colombia que puso por tarea. Yo lo veía perfecto. Lo miraba y me parecía salido de una imprenta. Pero lo hizo trizas, lo rayó hasta la saciedad y le encontró cientos de errores. «¡No hizo la tarea señor Robayo!». La magnitud de la injusticia provocó la ira de mi padre. «No es que estrictamente el joven no haya hecho la tarea», le dijo en tono acobardado, «es que para efectos de la nota, una tarea mal hecha, es una tarea que no se hizo». «Es su opinión, un concepto demasiado subjetivo», respondió mi padre. «Nadie que juzgue el trabajo de mi hijo podrá afirmar que nada hizo. Y no me refiero a la perfección, sino al esfuerzo. Hasta una tarea mal hecha lo demanda. ¿Dónde registra usted la dedicación del niño al realizarla? ¿En que parte de la nota reconoce sus desvelos? ¿Ignora acaso los intereses que sus alumnos sacrifican para cumplir con su materia?». «Eso hace parte del concepto que tenemos de los educandos», le dijo para salir del paso. «Dígale a su hijo que puede traer de nuevo la tarea». El viejo iba dispuesto a un agrio enfrentamiento. No hubo tal. La discusión fue fría, pero civilizada. De todas maneras disfruté oyendo a mi papá contar cuanto había dicho en mi defensa. Le rebatió a Arciniegas tanta obsesión con las tareas, le señaló lo poco que quedaba de las desmedidas exigencias escolares, le enfatizó que más que conocimientos, los profesores estaban obligados a inculcar valores, y le dijo que si la actitud con los niños carecía de humanidad y de justicia, la formación se malograba. Me contó también, que ese hombre déspota con sus alumnos se había derrumbado ante él, como si no estuviera hecho para la confrontación con sus iguales.
–Y se perdió Arciniegas –anotó Grisales–. Era de esperarse. Tenía sentimientos de errabundo. Introvertido, sólo, amargado y deprimido, era arisco a la amistad, o acaso la amistad le rehuía. Se retiró sin jubilarse. Alguien creyó escuchar que ya había muerto. Debo confesarte que tú eres la primera persona que me habla de él en tantos años. Cuántos, por el contrario, preguntan por Ana Caballero.
–Anita era una profesora incomparable. Sin ella el francés jamás me hubiera interesado. Recuerdo con toda lucidez cuando en su clase al gordo Reyes le estallaron unos huevos y una talega de harina en la cabeza. Anita que nos daba la espalda en ese instante por estar escribiendo en el tablero, reaccionó desconcertada cuando escuchó la atronadora carcajada. La harina y las yemas escurrieron por la cara del muchacho, sin forma de esconderlas. Ante la falta inocultable, Gómez y Bedoya sintieron pánico de la impulsiva travesura. Pero el episodio no salió del aula. «Déjenme ver lo que hay en esa bolsa», dijo Anita cuando se percató de todo lo ocurrido. Quedaba media talega de harina y cinco huevos. «Acérquense», les dijo a Reyes, y a Gómez y Bedoya. Al primero le entregó la bolsa, y en una decisión inesperada, hizo que Reyes descargara sobre los otros jóvenes todo el contenido. Todo el salón celebró con desinhibidas risotadas, a sabiendas de que la profesora era la causante del relajo. «Cuando se soportan en carne propia, es que se conoce el peso de las propias faltas. Espero que la lección quede aprendida». Muchos años después oí a Bedoya recordar con cariño el correctivo.
–Era tan prudente que sólo hoy me vengo a enterar del incidente. Ese era su talante. Has de saber que en los consejos ella siempre fue el obstáculo para expulsar a los muchachos. «Cuanto más grave la falta –argumentaba– mayor debe ser el compromiso del colegio. Expulsando al estudiante el plantel evade la responsabilidad, soluciona apenas su problema; no resuelve el de la sociedad, ni el del alumno». Por eso insistía en que el compromiso de formar obliga a enderezar a los muchachos que ya vienen torcidos, pues el mérito de aleccionar a los virtuosos le parecía irrisorio. Por algo la apodaban «la abogada de los sinvergüenzas».
Así se fue la tarde, entre reminiscencias. Una simple evocación avivaba mil detalles, y la memoria, como un mar insondable, aseguraba una pesca interminable. José volvió a gozar con las satisfacciones del pasado. Hasta los momentos enojosos, por superados, los encontraba revestidos de un halo placentero. No hablaron de la muerte, no tenía cabida. Entre tema y tema el ocaso se metió por la ventana. La extraordinaria llamarada clamaba por un paisajista iluminado, pero los contertulios ensimismados en otra realidad apenas la notaban. El profesor Grisales, de espalda al espectáculo, escasamente reparaba por la progresiva oscuridad, que la visita se prolongaba más de lo debido; y José acostumbrado a los hermosos crepúsculos de su vista privilegiada del octavo piso, no advertía la fastuosidad del que tenía delante. El profesor miró en su reloj la hora y comenzó a preparar la despedida. La visita no acabó, sin embargo, en ese instante, pues unas críticas de José al sistema educativo volvieron a Grisales a su asiento.
–No puedo ocultar mi indignación al ver el estudio convertido en un tormento. Veo a los colegios empeñados en obstaculizar la dicha de los niños. Consumiéndoles con exigencias el tiempo más propicio para ser felices: el tiempo de la infancia. Cerrándole las puertas a su ingenio con la rigidez de sus currículos. ¿Será que como un amigo me dijera, los colegios son instituciones concebidas para acabar con la dicha familiar y la felicidad de los muchachos? ¿Monstruos creados por el Estado para forjar ciudadanos sumisos, sometiéndolos desde la infancia? De pronto no sea premeditado, al fin y al cabo inconscientemente las ínfulas del poder llevan al hombre a complicar, más que a solucionar, la vida de sus semejantes. Si no existe más sabiduría para aprovechar mejor los años escolares, dejemos a los niños aguardar plácidamente la adultez, matando el tiempo mientras llega el momento de los estudios superiores.
Grisales se sorprendió con la acritud del comentario y hasta le preguntó si era un reclamo a sus viejos maestros por la educación que le impartieron.
–¿Se puede imaginar, profesor, que en su momento ni una de estas ideas pasaron por mi mente? –le dijo a Grisales, eximiéndolo de toda culpa–. Lo que pasa es que veo la enseñanza como un proceso en franca bancarrota, que pretende encauzar a los niños en la filosofía de los adultos de producir sin tregua. Obsesión de la productividad que habrá de aniquilar al hombre.
Y le explicó que no era un asunto que viera en la distancia, sino una realidad de la que tenía conocimiento, y le contó las quejas de Claudia, la madre de Carlitos: «A toda hora la tarea. Y es que es la tarea por la tarea, la tarea para los padres, la tarea para arruinarnos el descanso. Ni siquiera sirve para forjar una rutina que les sirva a los niños cuando grandes, porque cuando el estudiante se convierta en empleado, lo primero que hará si es reflexivo, será separar las actividades del trabajo y de la casa. ¿Por qué deben entonces continuar en el hogar las rutinas del colegio? ¿Será para que hagamos los padres las labores del maestro?»
–Me parece inaudito –dijo José continuando su reproche– que Eleonora, usted y yo, con tantos años como separan nuestras generaciones, seamos el producto de la misma enseñanza y de las mismas reglas. Disculpo al pasado, rezagado y riguroso, pero no absuelvo al presente de sus culpas. ¿Cómo es posible que sigamos apegados al currículo obligatorio y rígido que atiborra al estudiante de conocimientos que no son esenciales? ¿Lo que se enseña es lo que realmente debe saber el estudiante? Probablemente no. Si así fuera jamás lo olvidaría. De los años escolares apenas sobreviven por su utilidad, la lectura, la escritura y las cuatro operaciones.
–Aunque no sea tan exacto, como caricatura es impecable –replicó Grisales afectado por la exageración.
–Lo patente, profesor, es que el mundo cambió con la tecnología. Estudiar, antes era un asunto de memoria, hoy la memoria es el disco duro un computador. Hecho para pensar, el cerebro de los estudiantes más que almacenar conocimientos debe aprender a utilizarlos. Sin embargo los colegios siguen obstinados en producir enciclopedias.
–Estoy de acuerdo contigo en que en estos tiempos del computador y la informática la memorización debiera haber perdido trascendencia y el razonamiento ganado relevancia. Sin embargo los propósitos de la educación y los currículos son políticas que definen los gobiernos. Educadores y colegios no tienen otro camino que observarlos.
–Si la mayoría de los niños sienten aversión por el estudio es porque la metodología choca con su naturaleza. Le falta ingenio al sistema educativo para entusiasmar a los menores en las materias que pretenden enseñarles.
–Sin lugar a dudas se deben revisar los contenidos y hacerlos más flexibles. Hay que innovar estrategias que hagan amena la enseñanza, sin olvidar la formación moral y espiritual, más importante que ese embutido de información que tu criticas. Atado a los patrones del momento debí enseñar cosas inútiles y exigir tareas inoficiosas. Tanto que instruí en los diptongos y en los hiatos, en el acento diacrítico, en las partes de la oración, en el núcleo del predicado y del sujeto, en los tiempos verbales y los complementos, para saber que a mis discípulos hoy no les sirve ni para ayudarles a sus hijos en la elaboración de las tareas... porque sencillamente lo olvidaron.
–No es su culpa, ni la de ellos –lo interrumpió José–. Es el peso de los hechos que demuestra que para que perdure una lección, se debe entender lo que se aprende, y ponerlo en práctica repetidamente. No es porque el profesor enseña que «rompido» no se dice, que el niño lo recuerda; es porque de tanto repetirlo, graba que se dice roto. Si esa palabra jamás la utilizara, a pesar de la enseñanza seguiría ignorante. Por eso yo propongo que en conocimientos que no son fundamentales, sea el alumno el que elija los que más le gusten.
Grisales le dijo que la propuesta resultaba interesante, pero volvió a insistir en la labor del formador, para recalcar que como mentor, en cambio, habían abundado sus satisfacciones. «Por pura vocación, nunca no por exigencia, llegué al corazón de mis discípulos. A muchos alenté en sus sueños, a otros tantos atajé al borde de un mal paso; orienté a muchos indecisos, a otros les calmé la angustia; fui de todos amigo y consejero».
–Esas lecciones, profesor, son las que jamás se olvidan. Pero hoy la masificación, los grandes cursos, vuelven impersonal el trato.
–Tú tienes razón, José, la mala pedagogía hace que el conocimiento tenga que perseguir a un estudiante que siempre lo rechaza, cuando el objetivo es que el alumno vayan tras el conocimiento, espontáneamente y con agrado. Y en cuanto a las exigencias desmedidas, las censuro. Son estorbos al aprendizaje. La tensión desanima o enferma al estudiante, y tras la reprobación reiterada la deserción asecha.
Y como todo estaba en discusión, José aludió a los logros de los estudiantes, resaltando el cambio que había llevado a que no se eximiera a los docentes de los malos resultados escolares.
–En mis tiempos sólo los estudiantes podían ser los culpables –resaltó como remate.
Entonces Grisales se refirió a la transición entre la dictadura del maestro y la tiranía del educando:
–En la medida en que decae la omnipotencia del docente, veo afianzarse la altanería de los jóvenes con quienes los están formando. Probablemente ya pasó a la historia el acatamiento y la consideración de los discípulos de antaño.
–No obstante, profesor –dijo José muy convencido–yo no los veo tan altaneros. Creo que defienden sus intereses con la desenvoltura de nuestra modernidad y la desobediencia propia de la juventud. Es la misma insolencia que usted y yo vivimos de muchachos, pero con el matiz de nuestros días. Yo me resisto al primitivo impulso de enfrentarlos, y los entiendo porque soy rebelde. A su edad no necesitan contradictores que los exacerben, sino guías que los escuchen y comprendan.
–Dirigirlos y entenderlos fue siempre mi receta –dijo Grisales exaltando la figura del mentor.
Abstraídos en sus juicios se dejaron sorprender de las sombras de la noche. Una a una se fueron encendiendo las luces en la calle, pero Querubín y José parecían ajenos a la noción del tiempo.
–Este mundo, profesor, tiene el sello de la imperfección del hombre, así que los perfeccionistas habitualmente no obtienen más que frustraciones. No son los mejores los que lo gobiernan, no son las mentes más brillantes las que lo dirigen; son los mediocres herederos del poder, los influyentes y los aduladores.
–Dices bien, unos pocos estarán siempre por encima de todos los demás, sin ser más inteligentes, ni mejores que ellos.
Así hubieran continuado, de no llegar a poner orden la jefe de enfermeras. Grisales se marchó, y cuando a José lo invadió el sueño, desfilaron los niños de un colegio por su mente. Los veía felices explorando los conocimientos a su antojo. Todo era flexible. Como en bandeja les ponían los temas y no había estudiante que no se sintiera atraído por alguno. Unos escogían la química, y con un especialista –que los había para profundizar en todas la materias– desarrollaban algún proyecto que estimulara sus habilidades y su ingenio. Otros probaban con la historia. Engolosinados con Julio César, con Napoleón, con Alejandro, no se cansaban de escrutar sus vidas; y si de batallas se trataba, aprendían estrategias militares e ideaban juegos en que las ponían en práctica. Se divertían con todo lo aprendido. Libres de hacer lo que viniera en gana, ni uno sólo como se esperaba abandonó el estudio. Todos volvieron un hobby la academia. Hasta en sus casas, a escondidas –porque estaban prohibidas las tareas–, devoraban los textos que llevaban del colegio. Unos pocos conocimientos eran de obligatorio aprendizaje, y se reducían a un barniz apenas suficiente para que más tarde no los tildaran de ignorantes. Así, los que con la II Guerra Mundial se deleitaban, profundizaban en detalles, pero los que no le encontraban atractivo alguno, se concentraban en conceptos y datos generales.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")
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sábado, 3 de marzo de 2012
CARTA LXII: EL ASUNTO DE LOS INSTINTOS ME ENTRETIENE
Noviembre 18
Mi amor:
Aunque la obligada despedida nos cortó el diálogo sobre los instintos, en mi mente continuó un monólogo en el largo camino hasta la casa. Al menos así, el tiempo del aburrido viaje se fue sin darme cuenta.
¿Por qué habría de renunciar el hombre a sus instintos?
¿Debe reducirse a la lucha contra los instintos la confrontación dialéctica entre el bien y el mal? ¡Qué tontería!
En ninguna especie cuestionamos el impulso genésico natural que la preserva, pero en el hombre la existencia de voluntad y de conciencia terminó por anteponer exigencias éticas al apareamiento.
Aceptemos que en el hombre existe un escrúpulo natural que impone límites, que existe un impulso moderador de las tendencias instintivas, pero también comprendamos que éstas tienen una razón de ser y ante todo, que son incon-tenibles. Son fuerzas impetuosas que sobrepasan la volun-tad, son parcialmente gobernables pero inextinguibles.
El grado en que ese impulso innato pueda moderarse es más consecuencia de una disposición natural, que resultado de la santidad de una persona. En quien no está exacerbado un determinado instinto, fácil resulta controlarlo. En lo moral, pienso que el bien no reside en arrasar con los instintos y que no tienen tanto que ver éstos con aquélla. Así no han de creerlo, sin embargo, quienes bajo tendencias religiosas y moralizadoras extremistas hacen conductas pecaminosas del sexo, de la gula y de toda inclinación natural que lleve al goce. Sin embargo lo que antaño conducía a la hoguera hoy es inocuo... y hasta divertido. Y quienes en el fuego - fuego de la ridiculez- hoy se consumen, son los timoratos de todos los pelambres.
La conducta pecaminosa no ha de ser un simple pálpito, una corazonada. Su calificación debe provenir del raciocinio. Pero el fanático religioso tiende a descubrir inexplicablemente en la frustración y en el martirio el camino al Cielo y trata de convencer sin argumentos. El instinto será a sus ojos, más impuro cuanto más goce proporcione. De ahí que el sexo por ellos sea satanizado. ¿Quién los comprende? Qué paradoja que tan sumisos a Dios como se muestran, se atrevan a cuestionar el designio que infundió ese instinto. ¿Sin sopesar el libre albedrío, el origen y la intención de la conducta, las circunstancias que la atenúan o que la agravan, quién puede emitir un juicio acertado del comportamiento humano?
Querida mía, después de tantos pensamientos, no hay poder que me convenza de que el sexo o la gula son pecado.
Mi amor:
Aunque la obligada despedida nos cortó el diálogo sobre los instintos, en mi mente continuó un monólogo en el largo camino hasta la casa. Al menos así, el tiempo del aburrido viaje se fue sin darme cuenta.
¿Por qué habría de renunciar el hombre a sus instintos?
¿Debe reducirse a la lucha contra los instintos la confrontación dialéctica entre el bien y el mal? ¡Qué tontería!
En ninguna especie cuestionamos el impulso genésico natural que la preserva, pero en el hombre la existencia de voluntad y de conciencia terminó por anteponer exigencias éticas al apareamiento.
Aceptemos que en el hombre existe un escrúpulo natural que impone límites, que existe un impulso moderador de las tendencias instintivas, pero también comprendamos que éstas tienen una razón de ser y ante todo, que son incon-tenibles. Son fuerzas impetuosas que sobrepasan la volun-tad, son parcialmente gobernables pero inextinguibles.
El grado en que ese impulso innato pueda moderarse es más consecuencia de una disposición natural, que resultado de la santidad de una persona. En quien no está exacerbado un determinado instinto, fácil resulta controlarlo. En lo moral, pienso que el bien no reside en arrasar con los instintos y que no tienen tanto que ver éstos con aquélla. Así no han de creerlo, sin embargo, quienes bajo tendencias religiosas y moralizadoras extremistas hacen conductas pecaminosas del sexo, de la gula y de toda inclinación natural que lleve al goce. Sin embargo lo que antaño conducía a la hoguera hoy es inocuo... y hasta divertido. Y quienes en el fuego - fuego de la ridiculez- hoy se consumen, son los timoratos de todos los pelambres.
La conducta pecaminosa no ha de ser un simple pálpito, una corazonada. Su calificación debe provenir del raciocinio. Pero el fanático religioso tiende a descubrir inexplicablemente en la frustración y en el martirio el camino al Cielo y trata de convencer sin argumentos. El instinto será a sus ojos, más impuro cuanto más goce proporcione. De ahí que el sexo por ellos sea satanizado. ¿Quién los comprende? Qué paradoja que tan sumisos a Dios como se muestran, se atrevan a cuestionar el designio que infundió ese instinto. ¿Sin sopesar el libre albedrío, el origen y la intención de la conducta, las circunstancias que la atenúan o que la agravan, quién puede emitir un juicio acertado del comportamiento humano?
Querida mía, después de tantos pensamientos, no hay poder que me convenza de que el sexo o la gula son pecado.
Luis María Murillo Sarmiento ("Cartas a una amante")
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martes, 14 de febrero de 2012
NOSTALGIA (II)
¿Por qué es triste la vida,
si rebosa de alegría por tu presencia?
¿Por qué es triste la noche,
si eres de ella lucero que refulge?
¿Si de pasión se arroban los amantes?
¿Por qué mis días parecen tristes,
si se iluminan con el sol de tu mirada?
¿Por qué a mis sueños la tristeza los invade,
si son la ilusión
para sentirte mía?
¿Por qué mis pensamientos
son presa de nostalgias,
si en ellos tu vives presente?
¿Por qué de la muerte
no temo su llegada?
¡Porque tu existencia
fue en mi vida una quimera!
En otro mundo...
seré al menos
el ángel que te guarde.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)
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si rebosa de alegría por tu presencia?
¿Por qué es triste la noche,
si eres de ella lucero que refulge?
¿Si de pasión se arroban los amantes?
¿Por qué mis días parecen tristes,
si se iluminan con el sol de tu mirada?
¿Por qué a mis sueños la tristeza los invade,
si son la ilusión
para sentirte mía?
¿Por qué mis pensamientos
son presa de nostalgias,
si en ellos tu vives presente?
¿Por qué de la muerte
no temo su llegada?
¡Porque tu existencia
fue en mi vida una quimera!
En otro mundo...
seré al menos
el ángel que te guarde.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)
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sábado, 4 de febrero de 2012
EL VOTO OBLIGATORIO*
La democracia a la fuerza es un exabrupto que no tolera la razón, y adversa ha de ser en consecuencia, la reacción al voto obligatorio que se tramita en el congreso. Proyecto que solamente cabe en la mente de políticos sedientos de poder y pletóricos de ambiciones personales.
No es auténtica, sin libertad, la democracia, como tampoco es calificable por el caudal de votos; lo es por el respeto universal a la determinación que por mayoría adoptan los votantes, porque hasta quienes se abstienen de votar la acatan.
Y paradójicamente no es mejor la decisión cuando todos participan, porque es de elemental conocimiento que las personas intelectualmente más preparadas para decidir constituyen apenas el vértice de la pirámide, y que es en cambio la muchedumbre manipulable y sin ilustración la que elige finalmente: insalvable imperfección de la democracia.
¿Será que el proyecto contempla que el candidato ganador deba tener la mayoría de votos contabilizando los blancos y los nulos? Si éstos como se espera se nutren de la franja abstencionista, nunca un candidato podrá ser elegido. Y se entenderá sin duda que el abstencionista más que un ser indiferente, es un ciudadano profundamente defraudado, que moralmente no puede ser atropellado con la obligación del voto; castigo que le imponen los causantes mismos de su apatía.
El sufragio obligatorio esclaviza a quienes anteponemos a la vida el derecho a la libertad; a quienes no aceptamos más dictados que los de la razón; a quienes sentimos innato al hombre el derecho a pensar y a disentir; a quienes consideramos el voto un derecho y no un deber.
El asiduo elector que estas líneas escribe promete si el monstruoso proyecto se hace ley, votar en blanco cuantas veces se coarte su libre decisión de ir a las urnas.
Lo más cautivante de la libertad no es disfrutar sus beneficios, sino saber que existe.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")
* Esta opinión fue publicada en el diario colombiano El Espectador el 9 de noviembre de 1996 (pág. 3A). Periódicamente revive en Colombia la propuesta, pero por fortuna, hasta la fecha no ha tenido la acogida suficiente. Diez y seis años mantengo mi posición inalterable.
VOLVER AL ÍNDICENo es auténtica, sin libertad, la democracia, como tampoco es calificable por el caudal de votos; lo es por el respeto universal a la determinación que por mayoría adoptan los votantes, porque hasta quienes se abstienen de votar la acatan.
Y paradójicamente no es mejor la decisión cuando todos participan, porque es de elemental conocimiento que las personas intelectualmente más preparadas para decidir constituyen apenas el vértice de la pirámide, y que es en cambio la muchedumbre manipulable y sin ilustración la que elige finalmente: insalvable imperfección de la democracia.
¿Será que el proyecto contempla que el candidato ganador deba tener la mayoría de votos contabilizando los blancos y los nulos? Si éstos como se espera se nutren de la franja abstencionista, nunca un candidato podrá ser elegido. Y se entenderá sin duda que el abstencionista más que un ser indiferente, es un ciudadano profundamente defraudado, que moralmente no puede ser atropellado con la obligación del voto; castigo que le imponen los causantes mismos de su apatía.
El sufragio obligatorio esclaviza a quienes anteponemos a la vida el derecho a la libertad; a quienes no aceptamos más dictados que los de la razón; a quienes sentimos innato al hombre el derecho a pensar y a disentir; a quienes consideramos el voto un derecho y no un deber.
El asiduo elector que estas líneas escribe promete si el monstruoso proyecto se hace ley, votar en blanco cuantas veces se coarte su libre decisión de ir a las urnas.
Lo más cautivante de la libertad no es disfrutar sus beneficios, sino saber que existe.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")
* Esta opinión fue publicada en el diario colombiano El Espectador el 9 de noviembre de 1996 (pág. 3A). Periódicamente revive en Colombia la propuesta, pero por fortuna, hasta la fecha no ha tenido la acogida suficiente. Diez y seis años mantengo mi posición inalterable.
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domingo, 22 de enero de 2012
EN LAS ALTURAS
Fascinante dominio de las nubes,
que gráciles desnudan su etéreas formas,
de raudos tapices de esencia gaseosa
-ilusión de las mágicas alfombras del oriente-;
de mullidas colchas de blanco vaporoso,
níveos copos, algodonosos, densos.
Opacos filtros que refunden
los rayos luminosos:
atenuada e imprecisa incandescencia,
ansiada estrella en los confines
de los velos nubelosos que la encubren.
Caudalosos ríos convertidos en hilillos,
geométricas manchas vegetales,
verdes tintes de esperanza,
desérticos retazos amarillos,
extensas heridas de tierra erosionada,
tortuosos caminos que se pierden
hilvanando un paisaje terrenal en miniatura,
Relieves profundos que la lejanía confunde
en un extenso manto sin altura,
cimas majestuosas
que se besan con las nubes,
argénticos penachos congelados,
eterno azul,
sensación frenética inefable
que domina el orbe en las alturas.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")
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que gráciles desnudan su etéreas formas,
de raudos tapices de esencia gaseosa
-ilusión de las mágicas alfombras del oriente-;
de mullidas colchas de blanco vaporoso,
níveos copos, algodonosos, densos.
Opacos filtros que refunden
los rayos luminosos:
atenuada e imprecisa incandescencia,
ansiada estrella en los confines
de los velos nubelosos que la encubren.
Caudalosos ríos convertidos en hilillos,
geométricas manchas vegetales,
verdes tintes de esperanza,
desérticos retazos amarillos,
extensas heridas de tierra erosionada,
tortuosos caminos que se pierden
hilvanando un paisaje terrenal en miniatura,
Relieves profundos que la lejanía confunde
en un extenso manto sin altura,
cimas majestuosas
que se besan con las nubes,
argénticos penachos congelados,
eterno azul,
sensación frenética inefable
que domina el orbe en las alturas.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")
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sábado, 14 de enero de 2012
AL VEHÍCULO DE MI TRÁNSITO TERRENO
El cuerpo en este mundo es mi morada,
vehículo de dichas y dolores,
medio que intima con el quehacer mundano,
y me permite gozar lo intrascendente.
No es instrumento de pecado
-que angustia al puritano-,
es la envoltura perecedera y frágil
que restringe los vuelos del espíritu,
un armazón que se doblega al tiempo
inerme ante el trajín y el sufrimiento.
Instrumento que facilita los gozos de la carne,
que propicia la alegría de los placeres,
que permite catar las glorias materiales
que yo, el espíritu, de otra forma, jamás conocería.
Primitivo, incapaz de la mesura y poco austero,
el cuerpo es medio en que transito lo tangible.
Con él penetro el hedonismo y los excesos
proclives a su ser precipitado,
a su esencia mortal y pasajera
ajustada a este mundo intrascendente.
Que su impulso se agote en la batalla,
que su materia claudique ante el esfuerzo,
que sus sanas intenciones se corrompan,
que sus dudas y sus miedos lo intimiden,
que su ignorancia agrave su soberbia
y sus odios y pasiones lo esclavicen.
Ese es su ser,
el rasgo de este mundo.
Tal la sustancia con que fue creado
tal la materia en que me he albergado.
Materia por la que el espíritu conoce lo corpóreo.
¡Loado seas por tu favor cuerpo imperfecto,
yo te disfruto sin prejuicio alguno!
Adverso es el cuerpo al sacrificio,
propenso en cambio a lo ligero;
diminuta su voluntad -de cara a mi constancia-,
precario su saber –en frente a mi sapiencia-.
Resiste por ello las virtudes que me son innatas,
es su debilidad, no es su vileza,
es su frivolidad,
materia irreflexiva.
Pero el cuerpo en este mundo no es mortaja
para mi ser intemporal -viajero impenitente-.
Cuando fenezca su materia,
llegará el momento en que mi alma anuncie la partida.
Y cuando en la desdicha de su ruina me libere,
-en la última exhalación de su agonía-
retornaré al refugio de lo eterno,
a lo exquisito,
a un paraje sin desgracias ni temores,
a los dominios de todo lo sereno.
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Este no es mi mundo")
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vehículo de dichas y dolores,
medio que intima con el quehacer mundano,
y me permite gozar lo intrascendente.
No es instrumento de pecado
-que angustia al puritano-,
es la envoltura perecedera y frágil
que restringe los vuelos del espíritu,
un armazón que se doblega al tiempo
inerme ante el trajín y el sufrimiento.
Instrumento que facilita los gozos de la carne,
que propicia la alegría de los placeres,
que permite catar las glorias materiales
que yo, el espíritu, de otra forma, jamás conocería.
Primitivo, incapaz de la mesura y poco austero,
el cuerpo es medio en que transito lo tangible.
Con él penetro el hedonismo y los excesos
proclives a su ser precipitado,
a su esencia mortal y pasajera
ajustada a este mundo intrascendente.
Que su impulso se agote en la batalla,
que su materia claudique ante el esfuerzo,
que sus sanas intenciones se corrompan,
que sus dudas y sus miedos lo intimiden,
que su ignorancia agrave su soberbia
y sus odios y pasiones lo esclavicen.
Ese es su ser,
el rasgo de este mundo.
Tal la sustancia con que fue creado
tal la materia en que me he albergado.
Materia por la que el espíritu conoce lo corpóreo.
¡Loado seas por tu favor cuerpo imperfecto,
yo te disfruto sin prejuicio alguno!
Adverso es el cuerpo al sacrificio,
propenso en cambio a lo ligero;
diminuta su voluntad -de cara a mi constancia-,
precario su saber –en frente a mi sapiencia-.
Resiste por ello las virtudes que me son innatas,
es su debilidad, no es su vileza,
es su frivolidad,
materia irreflexiva.
Pero el cuerpo en este mundo no es mortaja
para mi ser intemporal -viajero impenitente-.
Cuando fenezca su materia,
llegará el momento en que mi alma anuncie la partida.
Y cuando en la desdicha de su ruina me libere,
-en la última exhalación de su agonía-
retornaré al refugio de lo eterno,
a lo exquisito,
a un paraje sin desgracias ni temores,
a los dominios de todo lo sereno.
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Este no es mi mundo")
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domingo, 8 de enero de 2012
HOMBRE, ESENCIA MINÚSCULA Y GIGANTE
Lúcida arcilla, que encierras en tu entraña
esencia de deidad y de demonio,
naturaleza minúscula
en la inmensidad del orbe,
brizna al vaivén de la fortuna
-chispa a la vez dominadora-,
amo y señor,
depredador que guarda el universo.
Invención magnífica de Dios -talla de barro-,
perpetuo constructor de sueños e ilusiones,
genio, bohemio, artífice virtuoso,
ingenio innovador, que como un atlas,
carga el apogeo de la Tierra en sus espaldas.
Entendimiento escrutador de lo absoluto,
enredado en los enigmas de la vida.
Espíritu sensible al mimo y al halago,
alma atormentada y despiadada,
con entraña utilitaria o de quijote,
conciencia colmada de dilemas,
al arbitrio del bien, del mal y las pasiones.
Disciernes, odias, amas,
juzgas, perdonas y condenas,
aciertas, te equivocas, yerras.
Trascendente y frívolo,
ruin y generoso
discurres por la vida,
hilando el tramado de la historia,
colonizando el tiempo y el espacio,
cual heredero de Dios
que imagina a su ambición
la creación en su totalidad subordinada.
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético")
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esencia de deidad y de demonio,
naturaleza minúscula
en la inmensidad del orbe,
brizna al vaivén de la fortuna
-chispa a la vez dominadora-,
amo y señor,
depredador que guarda el universo.
Invención magnífica de Dios -talla de barro-,
perpetuo constructor de sueños e ilusiones,
genio, bohemio, artífice virtuoso,
ingenio innovador, que como un atlas,
carga el apogeo de la Tierra en sus espaldas.
Entendimiento escrutador de lo absoluto,
enredado en los enigmas de la vida.
Espíritu sensible al mimo y al halago,
alma atormentada y despiadada,
con entraña utilitaria o de quijote,
conciencia colmada de dilemas,
al arbitrio del bien, del mal y las pasiones.
Disciernes, odias, amas,
juzgas, perdonas y condenas,
aciertas, te equivocas, yerras.
Trascendente y frívolo,
ruin y generoso
discurres por la vida,
hilando el tramado de la historia,
colonizando el tiempo y el espacio,
cual heredero de Dios
que imagina a su ambición
la creación en su totalidad subordinada.
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético")
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viernes, 16 de diciembre de 2011
NUNCA SE PIERDE LA ESPERANZA
El doctor tomó el informe y me dijo que le encontraba inconsistencias. Que iba a pedir un nuevo dictamen de las muestras porque a su parecer me habían alarmado innecesariamente.
–¿Y los síntomas? –insistí yo.
–Son producto de sus malos hábitos. Cambiando la dieta sentirá la mejoría.
Y en efecto, al organizar el horario de comidas, suprimir las grasas e incrementar los vegetales, las molestias comenzaron a aplacarse. Eso me acrecentó la fe en el médico que me estaba devolviendo la esperanza. Cuando tuvo el nuevo informe en su poder me citó con urgencia al consultorio. En su rostro se adivinaba una noticia amable.
–Tal como lo esperaba. ¡Ese tumor nunca ha existido!
–¡Qué alivio! –exclamé–. Estaba preparado para lo peor, pero no le puedo ocultar que me emociona.
–Tampoco he dicho que el informe sea normal del todo.
En segundos me hizo acostar en la camilla para practicar un procedimiento que era a su juicio inaplazable. Pasó el endoscopio por mi boca. Era rojo, muy angosto y no causaba la menor molestia. Luego pasó sin anestesia por mi ombligo uno más grueso, con muchas bocas por las que introdujo un extraño instrumental con el que extrajo innumerables fragmentos de mi cuerpo, que daban el aspecto de una menudencia. Cuando terminó, no cogió puntos, apenas cubrió la herida con un esparadrapo. Me levanté y salí como si nada. De regreso a casa pensé en la inutilidad de tantos pensamientos dedicados a la muerte. Me pareció que era protagonista de un sueño con un desenlace afortunado.
Cuando abrí los ojos nada había cambiado. El hospital, el cuarto y el padecimiento eran los mismos. Descubrí a Natalia ensimismada en la lectura. Estaba sola. De inmediato evoqué las impertinencias de su hijo. Al verme despierto se acercó a saludarme con un beso en la mejilla. Pregunté por Carlitos y me dijo que estaba en el colegio. Le conté que Eleonora me tenía al tanto de las genialidades del chiquillo, y le revelé que me regocijaban las travesuras de los niños. Lo tomó como un cumplido, pero al despedirse, de tanto oírme salir en su defensa, estoy seguro de que mi avenimiento con ellos no lo puso en duda. Me comentó que la rigidez académica del colegio la estaba enloqueciendo y que no daba abasto con tantas exigencias. Que las tareas le robaban a ella y a sus hijos las horas del descanso. Con tantos lamentos me pareció que las afirmaciones de Joaquín serían muy oportunas. Le dije, entonces, que para un amigo mío los colegios se habían creado con la intención de tirarse la felicidad de los muchachos.
–Y razón tiene –dijo con seriedad–, porque a un estudiante responsable todo el tiempo se le va en tareas.
–Tareas inoficiosas –dije yo– que son para los padres.
–Claro –ratificó Natalia–, pues los colegios le devuelven a los padres la obligación por la que les están pagando.
–Creo que el sistema educativo es catastrófico y como en el «Traje Nuevo del Emperador» todos lo saben, pero nadie tiene el valor de denunciarlo. Nunca se perdió tanto tiempo y tanto esfuerzo en aprender unos conocimientos que nunca se recuerdan. Todos hemos sido víctimas de ese sistema inicuo.
–¿Te puedes imaginar, José, que por andar obsesionados con los conocimientos los profesores con frecuencia olvidan que hay en cada alumno un ser humano? Por eso es que los estudiantes terminan extraviados en la drogadicción, en los malos hábitos y hasta en la delincuencia sin que los colegios se den por enterados.
Comprendí su preocupación. Es la de todo padre con un hijo adolescente.
–Es penoso imaginar –le dije– que quien entrega a su hijo al cuidado de un colegio, da con ingenuidad por descontado que le devolverán un ser libre de vicios.
–Pero los profesores no van más allá de reportar la ausencia de clases de los chicos, sin dar razón de lo que hacen cuando desparecen. Todo por estar atosigando con sus conocimientos.
–Conocimientos que rebasan la cordura, porque la mente humana no tiene porque abarcarlos todos. Lo que cada niño aprenda ha de ser producto de su vocación y de sus gustos. ¿Cómo es posible que un muchacho con el germen de la literatura entre sus venas tenga que soportar el martirio de una clase de cálculo que para nada le servirá en la vida? ¿Mientras uno con disposición para la ingeniería debe desconcentrase de sus ejercicios de álgebra y trigonometría para hacer una tarea aburrida de sociales? ¿Por qué debe tener la clase de artes apenas una hora a la semana, si en el estudiante habita el genio de un artista? ¿Cómo es posible que se aplique a la diversidad humana un plan de estudios insensato y rígido, que supone a todos los niños semejantes?
–¿Qué ojo tan necio, José, puede negarse a ver que todos los niños aborrecen las actividades escolares?
–Creo, Natalia, que si para todo ser humano la enseñanza escolar resulta insoportable, no cabe duda que el pifiado es el sistema.
Pero también le dije que como un error no se puede mantener toda la vida, tarde o temprano se entendería que no están extraviados los muchachos que se resisten a las rutinas escolares, y que se admitiría que fue un error conservar con obstinación durante siglos un sistema absolutamente ineficaz para la formación del ser humano.
–Algún día todo cambiará, y los estudiantes aprenderán lo que les plazca. Entrarán a las clases de las materias que disfrutan y coronarán la enseñanza secundaria con más satisfacción y menos traumas; y con un cúmulo de conocimientos productivos. Y gozo sentirán los profesores dictando cátedra sólo a los muchachos que se sientan atraídos por sus asignaturas.
Quise contarle apartes de mi charla con Querubín Grisales, pero mi aliento estaba exhausto y hubiera sido incapaz de mantener una conversación más larga.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")
–¿Y los síntomas? –insistí yo.
–Son producto de sus malos hábitos. Cambiando la dieta sentirá la mejoría.
Y en efecto, al organizar el horario de comidas, suprimir las grasas e incrementar los vegetales, las molestias comenzaron a aplacarse. Eso me acrecentó la fe en el médico que me estaba devolviendo la esperanza. Cuando tuvo el nuevo informe en su poder me citó con urgencia al consultorio. En su rostro se adivinaba una noticia amable.
–Tal como lo esperaba. ¡Ese tumor nunca ha existido!
–¡Qué alivio! –exclamé–. Estaba preparado para lo peor, pero no le puedo ocultar que me emociona.
–Tampoco he dicho que el informe sea normal del todo.
En segundos me hizo acostar en la camilla para practicar un procedimiento que era a su juicio inaplazable. Pasó el endoscopio por mi boca. Era rojo, muy angosto y no causaba la menor molestia. Luego pasó sin anestesia por mi ombligo uno más grueso, con muchas bocas por las que introdujo un extraño instrumental con el que extrajo innumerables fragmentos de mi cuerpo, que daban el aspecto de una menudencia. Cuando terminó, no cogió puntos, apenas cubrió la herida con un esparadrapo. Me levanté y salí como si nada. De regreso a casa pensé en la inutilidad de tantos pensamientos dedicados a la muerte. Me pareció que era protagonista de un sueño con un desenlace afortunado.
Cuando abrí los ojos nada había cambiado. El hospital, el cuarto y el padecimiento eran los mismos. Descubrí a Natalia ensimismada en la lectura. Estaba sola. De inmediato evoqué las impertinencias de su hijo. Al verme despierto se acercó a saludarme con un beso en la mejilla. Pregunté por Carlitos y me dijo que estaba en el colegio. Le conté que Eleonora me tenía al tanto de las genialidades del chiquillo, y le revelé que me regocijaban las travesuras de los niños. Lo tomó como un cumplido, pero al despedirse, de tanto oírme salir en su defensa, estoy seguro de que mi avenimiento con ellos no lo puso en duda. Me comentó que la rigidez académica del colegio la estaba enloqueciendo y que no daba abasto con tantas exigencias. Que las tareas le robaban a ella y a sus hijos las horas del descanso. Con tantos lamentos me pareció que las afirmaciones de Joaquín serían muy oportunas. Le dije, entonces, que para un amigo mío los colegios se habían creado con la intención de tirarse la felicidad de los muchachos.
–Y razón tiene –dijo con seriedad–, porque a un estudiante responsable todo el tiempo se le va en tareas.
–Tareas inoficiosas –dije yo– que son para los padres.
–Claro –ratificó Natalia–, pues los colegios le devuelven a los padres la obligación por la que les están pagando.
–Creo que el sistema educativo es catastrófico y como en el «Traje Nuevo del Emperador» todos lo saben, pero nadie tiene el valor de denunciarlo. Nunca se perdió tanto tiempo y tanto esfuerzo en aprender unos conocimientos que nunca se recuerdan. Todos hemos sido víctimas de ese sistema inicuo.
–¿Te puedes imaginar, José, que por andar obsesionados con los conocimientos los profesores con frecuencia olvidan que hay en cada alumno un ser humano? Por eso es que los estudiantes terminan extraviados en la drogadicción, en los malos hábitos y hasta en la delincuencia sin que los colegios se den por enterados.
Comprendí su preocupación. Es la de todo padre con un hijo adolescente.
–Es penoso imaginar –le dije– que quien entrega a su hijo al cuidado de un colegio, da con ingenuidad por descontado que le devolverán un ser libre de vicios.
–Pero los profesores no van más allá de reportar la ausencia de clases de los chicos, sin dar razón de lo que hacen cuando desparecen. Todo por estar atosigando con sus conocimientos.
–Conocimientos que rebasan la cordura, porque la mente humana no tiene porque abarcarlos todos. Lo que cada niño aprenda ha de ser producto de su vocación y de sus gustos. ¿Cómo es posible que un muchacho con el germen de la literatura entre sus venas tenga que soportar el martirio de una clase de cálculo que para nada le servirá en la vida? ¿Mientras uno con disposición para la ingeniería debe desconcentrase de sus ejercicios de álgebra y trigonometría para hacer una tarea aburrida de sociales? ¿Por qué debe tener la clase de artes apenas una hora a la semana, si en el estudiante habita el genio de un artista? ¿Cómo es posible que se aplique a la diversidad humana un plan de estudios insensato y rígido, que supone a todos los niños semejantes?
–¿Qué ojo tan necio, José, puede negarse a ver que todos los niños aborrecen las actividades escolares?
–Creo, Natalia, que si para todo ser humano la enseñanza escolar resulta insoportable, no cabe duda que el pifiado es el sistema.
Pero también le dije que como un error no se puede mantener toda la vida, tarde o temprano se entendería que no están extraviados los muchachos que se resisten a las rutinas escolares, y que se admitiría que fue un error conservar con obstinación durante siglos un sistema absolutamente ineficaz para la formación del ser humano.
–Algún día todo cambiará, y los estudiantes aprenderán lo que les plazca. Entrarán a las clases de las materias que disfrutan y coronarán la enseñanza secundaria con más satisfacción y menos traumas; y con un cúmulo de conocimientos productivos. Y gozo sentirán los profesores dictando cátedra sólo a los muchachos que se sientan atraídos por sus asignaturas.
Quise contarle apartes de mi charla con Querubín Grisales, pero mi aliento estaba exhausto y hubiera sido incapaz de mantener una conversación más larga.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")
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domingo, 27 de noviembre de 2011
HOMBRE MORTAL Y TRASCENDENTE
Nadie sabe realmente qué es el hombre,
si un hito fugaz e intrascendente,
si la manifestación de una materia palpitante,
si una naturaleza inextinguible y trashumante.
Nadie sabe con certeza qué es la mente,
si el proceso químico de un órgano que piensa,
si un aliento, si un impulso, si un mágico misterio,
si la exteriorización del un alma que llevamos dentro.
Nadie sabe con certeza que es la muerte,
si el fin de la sustancia corruptible,
si un nuevo amanecer, si un nacimiento…
si un estado más grave y lastimero.
Algo más puede haber que eluda nuestra vista,
que supere la expresión de lo biológico,
algo que escape al conocimiento de la ciencia,
algo más que anime y que trascienda.
Por eso cuando la ruina de mi cuerpo sea inminente
presentiré el triunfo del alma… con la muerte.
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Este no es mi mundo")
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VER SIGUIENTE POEMA
si un hito fugaz e intrascendente,
si la manifestación de una materia palpitante,
si una naturaleza inextinguible y trashumante.
Nadie sabe con certeza qué es la mente,
si el proceso químico de un órgano que piensa,
si un aliento, si un impulso, si un mágico misterio,
si la exteriorización del un alma que llevamos dentro.
Nadie sabe con certeza que es la muerte,
si el fin de la sustancia corruptible,
si un nuevo amanecer, si un nacimiento…
si un estado más grave y lastimero.
Algo más puede haber que eluda nuestra vista,
que supere la expresión de lo biológico,
algo que escape al conocimiento de la ciencia,
algo más que anime y que trascienda.
Por eso cuando la ruina de mi cuerpo sea inminente
presentiré el triunfo del alma… con la muerte.
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO ("Este no es mi mundo")
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viernes, 4 de noviembre de 2011
ESTE NO ES MI MUNDO - PRÓLOGO
Fiel a los conceptos sagrados inspirados por el dios délfico,dios de la pureza, Luis María Murillo Sarmiento ha dedicado su vida al cumplimiento de su juramento hipocrático. Así juró por Apolo, por Esculapio, por Higía y por Panacea y por todos los dioses y diosas, que cumpliría su misión de médico: “Si cumplo con este juramento y no lo violo, que pueda gozar de mi vida y de mi arte, honrado por la fama entre todos los hombres por todo el porvenir; pero si lo rompo y he jurado en falso, que lo opuesto sea mi suerte”. Será la historia de la medicina contemporánea la que haga perdurable su entrega y dedicación a la práctica de su especialidad en Ginecología y Obstetricia.
Protagonista y testigo de más de tres décadas de medicina colombiana, Luis María, afirma en la introducción a su obra "La deshumanización de la salud": contar con el privilegio de “haber visto desde primera fila sus transformaciones profundas e impensadas, y contar con el abatimiento y las satisfacciones que se sienten al ejercer el noble arte de aliviar y de curar”.
Infatigable en el desempeño de su profesión,Luis María recorre todavía los senderos de su disciplina, hoy,como nunca antes, controvertidos y discutidos, y lo hace con pureza y humildad, como le enseñó su padre, Luis María Murillo Quinche, pionero de la represión biológica de las plagas, iniciador en 1927 de la Entomología Económica en Colombia, y fundador del Servicio de Sanidad Vegetal en el País. En honor suyo, escribió y publicó: Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas, obra que dedicó: “A mis progenitores, artífices de mi devoción, a la historia y a la ciencia”.
No es entonces arrogante describir su noble existencia como la de un fiel pupilo de los grandes maestros griegos. Sócrates, maestro de Platón, quien a su vez fue el maestro de Aristóteles, debió haber sido el docente que en otros tiempos, cuando Luis María transitaba en años luz los caminos que lo conducirían hacia su vida terrenal, colocó en su ruta la estrella de su destino profesional.
Con Sócrates, y para ungirlo con el símbolo de la poesía, el periodismo y la investigación científica, sus otros talentos, Mnemosina preparó su memoria, Calíope, su perfil épico, Clío, su historia, Euterpe, el lirismo de sus versos, Melpómene, la tragedia de su tiempo futuro, Terpsícore, la música de sus rimas y Erato, el amoroso latir de las campanas de su alma. ¡Ah! Y no faltaron a su nacencia de siglos, las Gracias. Ellas quisieron acompañarlo y bautizarlo en el amanecer de un día de 1956, cuando posó su planta de viajero sideral en tierra bogotana.
No es imaginación mía. Estoy convencido del origen divino de toda criatura humana, confirmado en nuestra fe cristiana: Somos Hijos de Dios, hechos a su imagen y semejanza. Creyente fiel del dogma, también lo soy de la sabiduría del Creador como Poeta del Universo mismo, inspirador de nuestros sentimientos. De Él heredamos esa fuerza que debemos llamar sobrenatural, que nos asiste en nuestra gesta intelectual.
Hombre de contrastes y rarezas, Luis María lo es en el sentido estricto del significado de la palabra Poeta. Amigo sin condiciones ni exigencias, su afecto y sencillez raya en la candidez y la ingenuidad de un niño que aún no sabe pretender ser grande. Su timidez es de estrella que parpadea en el azul de su reino, sin nubes, pretende no ser visto. Su fuego interior, estalla en palabras justas y medidas, precisas en el halago, y creativas en el análisis que hace de la vida y obra de sus colegas. Lo hace con sabiduría de campesino viejo, modesto y justo. Es Poeta, no de aprendizaje casual de nuestro idioma. Lo es por ser estudioso formal de sus raíces y su estricta consonancia con los dictados académicos que señalan su pureza. De ello da prueba su prolífica obra literaria.
Cómo no viajar entonces por el escenario de sus fantasías de bardo sumergido en el dulce y provocador escenario de Paola en “Nuestra Primera Cita”, cuando sus labios estamparon en su mejilla un beso y él se halló buscando manantiales de esperanza.“Cartas a una Amante" (2004).
Cómo no viajar sus senderos de “Amor y ausencia”, esos que trazó en su poemario del mismo nombre, para dejar “Mis nostalgias y mis sueños” (…) “Bajo el arrollador influjo del amor…la realidad pierde su esencia (…)
Cómo no dar paso a la Razón y el sentimiento, "Intermezzo poético" (2008): “A mis hijos, la savia de mi vida”, “(…) cuando las fl ores cuides en mi camposanto / su fragancia exhalará mi aliento / para que sepas, hijo / que desde el cielo / por ti sigo velando”.
Cómo no perderse en los laberintos "Del Amor, de la razón y los sentidos" (1997), “para delectación de un paisaje, goce de un tono melodioso, placer de una caricia (…) dicha de un corazón que del amor se embriaga, elación de un pensamiento que afirma la razón".
Cómo no cuestionar a la muerte “Que por igual redime y entristece”, “Seguiré viviendo” (2007), y sentir que se es “ligero,como con alas volando al infinito… ¡Si muero… mis razones seguirán viviendo!”
Cómo no leer y releer su “Epistolario periodístico y otros escritos”,dedicado a “Luis David y Juan Felipe, maravillosa prolongación de mi existencia", obra en la que ejerce, en sus propias palabras:“El derecho inalienable a la opinión, íntima vocación personal y tradición de mis ancestros, (…) como testimonio del ambiente aún propicio a la difusión de las ideas (…) lúcido en la búsqueda de la verdad y altivo al expresar la exquisita rebeldía de la razón (…)”.
Cómo no abrir un nuevo capítulo y titularlo, en límpida consonancia con su trayectoria médica y literaria, ESTE NO ES MI MUNDO. No siendo el planeta Tierra la última parada de nuestra gran jornada de viajeros del tiempo, error sería considerarnos dueños suyos. No lo somos. Luis María Murillo lo interpreta así. Él cumple solamente con el deber que le impusieron los dioses en aquel instante de su concepción parnasiana, cuando asistido por las Gracias, emprendió el viaje que lo condujo a la estación Tierra, la más pequeña y pasajera de todas las estaciones de la vida, antes de emprender nuevamente el viaje de su continuidad y regreso a su origen.
"Este no es mi mundo", es el poemario más profundo y razonado de la vena poética de su autor. En su breve pero inmenso contenido filosófico, Luis María define al "Hombre mortal y trascendente"; cuestiona, "¿Dónde están las almas nobles que partieron de la tierra? ¿Por qué están tristes quienes este cuerpo miran? ¿Por qué hay tristeza ante esta masa inerte? ¿Por qué sufren cual si la vida de un soplo se apagara?"; explica el vehículo de su tránsito terrenal; quiere quitarle años a la vida; sueña "que se erija la paz entre los hombres"; lo ve como señor y esclavo; y cree que el tiempo de la hoz y del martillo quedó atrás, que todo es soberbia inane, apariencias y gozos solapados.
Nombro así algunos de los poemas de esta obra que otros escritores interpretan en las páginas de introducción y comentarios que se publica en esta primera edición del poemario citado.
Mi objetivo principal como su Editor, es ser universal en la presentación de la obra de Luis María. Dueño de un espíritu definido por él mismo, como reflexivo, sus creaciones “disciernen, critican y entran en controversia en defensa de sus propios valores, de un ideal, de una verdad, de un criterio moral, de un pensamiento”.
Consciente de ello, y para consagrar su pluma de médico y poeta, viajero del tiempo, "Este no es mi mundo" incluye la presentación gráfica descriptiva de la obra completa publicada por Luis María.
La lógica de su filosofía y la veracidad de sus afirmaciones, siempre presentes en su extensa obra literaria, siguen siendo oportunas y aplicables a la actual condición humana. “Mientras el hombre ignore el infinito que lo rodea, no tiene derecho a despojarse de Dios, y cuando sea dueño de la sabiduría que encierra ese infinito, entonces tendrá seguridad de Dios”.
Existen suficientes razones para considerar la sabiduría de esta manifestación de Luis María Murillo Sarmiento.Resume su sentido de paz y armonía para la humanidad y lo convierte en un hombre sabio y prudente que merece la perpetuidad de su credo.
JOSEPH BEROLO
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ESTE NO ES MI MUNDO - ÍNDICE
Prólogo
Hombre mortal y trascendente
Al vehículo de mi tránsito terreno
¿Dónde están las almas nobles que partieron de la Tierra?
Años le quitaría a la vida
En mi partida
II
Que se erija la paz entre los hombres
Libertad
El hombre entre señor y esclavo
Quedó atrás el tiempo de la hoz y del martillo
Soberbia inane
Apariencias y gozos solapados
III
Este no es mi mundo
IV
A un amor lejano
Tu cuerpo me llevará a tu alma
V
Soñar
¿Bella es la vida?
La paz de la mañana
VI
Estampa marinera
Al mar de los mágicos colores
A Medellín
Misión de sonadores
Comentarios a la obra
REGRESAR A PÁGINA PRINCIPAL LUIS MARÍA MURILLO REFLEXIÓN Y CRITICA
REGRESAR A PÁGINA PRINCIPAL LUIS MARÍA MURILLO PROSA Y POESÍA
miércoles, 26 de octubre de 2011
PALABRAS DEL AUTOR DE “ESTE NO ES MI MUNDO” EN EL LANZAMIENTO DE SU OBRA
He concebido la literatura como la creación que nos sorprende por la belleza de su forma y por la hondura de su contenido, y en el caso particular de la poesía por la expresión más sublime del sentimiento humano.
En mi caso la poesía y la prosa han sido el vehículo de mi pensamiento. No pocos sentimientos han convertido en poema mis palabras, y no por ello han escapado al influjo de mi racionalidad. Diría entonces que mi poesía es la expresión de un sentimiento reflexivo y crítico. Mente y razón en unión inquebrantable.
Y no es una confesión que realice con alarde, por el contrario, cierta contrición tiene mi confidencia, dado que independientemente de la misión que cumplan mis poemas, sigo concibiendo la poesía como la expresión más natural del sentimiento, la más exquisita, la más pura. Entonces pienso si es justo que pasen por el filtro de la razón los versos, y si debo considerar la poesía un fin o sólo un medio. Si es un fin, debo pedir perdón por haberme servido de ella. Al menos sé que en el ámbito popular es el verso sencillo, espontáneo, lleno de sentimiento, el de mejor recibo. Más lectores, al menos, tengo cuando siento que cuando filosofo. En fin, no está de más este debate, mas no es el objetivo de esta tarde.
Volviendo al poemario que hoy presento, conjuga reflexión y sentimiento. Intromisión del afecto en el discernimiento, intrusión de la razón en el afecto. Hay sentimiento emocionado y nostálgico cuando le formulo al mundo mis reparos, en juicio intelectual y muy severo. Existe, en contraste, racionalidad, cuando le canto al desamor con tono de amante agradecido, ajeno a recriminaciones y rencores.
En ese aventurado ejercicio de mis sentimientos y de mis pensamientos debo decir que no percibo campo que pueda quedar vedado a mis poemas.
Expreso la pasión varonil confesando a la mujer que los hombres somos carnales ante todo:
“Necesito que tu carne palpitante me arrebate…” “Debo sentir la tentación de la materia / para descubrir lo inmaterial que en ti se alberga…” “Necesito, mujer, tu piel / para acceder a tu alma persuadido”.
Rindo homenaje a los amores idos, con la consigna de agradecer y no de recriminar los sentimientos:
“Fuiste felicidad, / promesa eterna, / y sin embargo… / la dicha -en un instante- te llevaste; / sin asomo de maldad / -yo lo presumo-". […] “En vez de condenarte / te venero, / no puedo dejar de agradecerte lo vivido”. […] “.., porque sólo cuentan en el amor las bendiciones; / las desgracias no merecen rencor, / sino el olvido”.
No dejo, ni en prosa ni en verso de reflexionar sobre el hombre, sobre su naturaleza y sus impulsos:
“Nadie sabe realmente qué es el hombre, / si un hito fugaz e intrascendente, / si la manifestación de una materia palpitante, / si una naturaleza inextinguible y trashumante”.
“Nadie sabe con certeza qué es la mente, / si el proceso químico de un órgano que piensa, / si un aliento, si un impulso, si un mágico misterio, / si la exteriorización de un alma que llevamos dentro”.
Ni pasa desapercibida por mi mente la hipocresía del hombre, de pronto prefiera su cinismo. Debo confesar que me entretiene poner el comportamiento oculto del hombre en evidencia. Producto de esa inclinación afirmo en un poema:
“Que en su piel se encumbra la lascivia / y en su carne se arruina la virtud”. […] “Pero a su lecho llega / el amo y el vasallo, / el señor, el letrado y el villano, / y el lúbrico abstinente, / que hipócrita y saciado, / disfraza con reproches / su doble condición”.
“Que todos los que sufren / merezcan el consuelo, / que haya más bondad / que hipócritas condenas. / Que haya más sonrojo / ante auténticas vilezas / que postizo rubor / ante los impulsos / de la naturaleza”.
¿Qué sentido tiene la ambición y la riqueza?:
“Tras la fortuna esquiva trajinamos / intuyendo alivio con los bienes. / ¡Oh ironía! / El hombre afortunado / cuidando su riqueza se desvela, / mientras el andrajoso, / que pide limosna en cada esquina, / sin nada que cuidar, / ni nada que perder, / y sin fortuna que lo vuelva esclavo, / en cualquier callejón / duerme tranquilo”.
Ni soy puritano ni me agobia la manifestación de los placeres, veo en el cuerpo instinto y no pecado:
“Primitivo, incapaz de la mesura y poco austero, / el cuerpo es medio en que transito lo tangible. / Con él penetro el hedonismo y los excesos / proclives a su ser precipitado, / a su esencia mortal y pasajera / ajustada a este mundo intrascendente”.
“Pero el cuerpo en este mundo no es mortaja / para mi ser intemporal -viajero impenitente-. / Cuando fenezca su materia, / llegará el momento en que el alma anuncie la partida. / Y cuando en la desdicha de su ruina me libere, / -en la última exhalación de su agonía- / retornaré al refugio de lo eterno, / a lo exquisito, / a un paraje sin desgracias ni temores, / a los dominios de todo lo sereno”.
Apolítico no soy ni me declaro indiferente o neutral en los conflictos. Testigo he sido del comunismo, sus fracasadas ideas y sus desmanes. Frentero declaro en un poema que “Atrás quedaron los tiempos de la hoz y del martillo”:
“Hombres hay que por ignorancia / procuran ser vasallos / de déspotas que anuncian la igualdad / hermanando a todos como esclavos.” “Hombres que en la opresión nada protestan / y en la democracia por todo se resienten.”
"Hombres hay que agitan y perturban / propagando el odio entre las clases. / Hombres hay que proclaman redenciones / que terminan en peores opresiones”.
No me satisface el mundo, debo confesarlo. No como producto de mi misantropía sino como ausencia de su filantropía. No me satisface en la medida en que el hombre lo transformó en conflicto. De ahí la afirmación del poema central y título de la obra: “Este no es mi mundo”, una voz de protesta y rebeldía.
“Este no es mi mundo, / escenario de contiendas arraigadas / que eternamente repite sus errores, / conflicto de sumisión y desacato / que se niega a vivir en armonía”.
“Este no es mi mundo, / imperio del disfraz y la mentira, / de la afirmación inculta a la artimaña, / del engaño casual al dogma reiterado, / de absolutos que no pueden probarse”.
“Este no es mi mundo, / entorno apocado y temeroso, / en que suelen callar las voces probas, / en que afrentan audaces las perversas, / en que la bondad siempre es cobarde”.
“Este no es mi mundo, / porque no transige mi afán con sus valores, / porque su necedad no puede someterme, / porque no puedo enderezar su rumbo… / ¡Ya no me debe interesar su suerte!”.
Pero que no me satisfaga el comportamiento humano, no ensombrece mi arrobamiento por la creación y la naturaleza. Puedo así afirmar que:
“Amo el concierto / que las aves me regalan / en el sosiego de la creación dormida”.
“Y más los amo / cuando advierto la paz arrinconada, / la concordia vencida… / en retirada”.
Y amo la Patria, como el “Feudo grandioso que sin ser mi heredad me pertenece”. Por eso le canto, por ejemplo, a San Andrés y su mar de los mágicos colores:
“Sube el pincel del mar a la montaña / y baja con el verde de la loma, / arrastra el amarillo de la playa / y plasma su inspiración entre las olas”. “Es el mar de los mágicos colores / en que el azul se viste con todos los matices”.
Y siendo bogotano, le canto a Medellín, tierra pujante:
“Dejas, Medellín, en mi memoria / el recuerdo de tus hitos perdurables: / San Diego, Las Palmas, La Alpujarra, / Junín, La Playa y Carabobo. / Y un cortejo de flores en agosto, / de la calle San Juan a Santa Elena”.
“Más de tres centurias la historia te proclama, / y en vez de envejecer rejuveneces, / es el ímpetu juvenil, arranque de tu casta, / por el que cada amanecer / más bella te levantas”.
La muerte es un asunto médico, dirán ustedes, sí digo yo, pero desde lo material y biológico. Poco, me atrevo a asegurar, para el galeno, trascendental y filosófico. Pero inmerso en el mundo de la medicina, y del escritor que filosofa y hace versos, encuentro en la muerte una exquisita atracción, un delicioso encanto: el de la seducción de lo especulativo. Y qué más especulativo que lo desconocido, que la muerte de la que nadie sabe, de la que todo el mundo en su ignorancia habla.
En mi novela “Seguiré viviendo”, que tiene por protagonista un moribundo planteo del más allá un escenario augusto con todas las creencias, desde las salvadoras hasta las punitivas e infernales. En mis poemas he querido compartir la ilusión amable de la muerte, por ello escribo:
“Nadie sabe con certeza que es la muerte, / si el fin de la sustancia corruptible, / si un nuevo amanecer, si un nacimiento…” “Por eso cuando la ruina de mi cuerpo sea inminente / presentiré el triunfo del alma… con la muerte”.
La muerte es un universo de preguntas, por ejemplo el destino de las almas:
“¿Dónde están las almas que amaron a su prójimo / -prefiriendo a la dicha el sacrificio-? / ¿Dónde están sus sentimientos admirables? / ¿Dónde están sus conciencias impecables? / ¿Dónde están sus corazones indulgentes? / ¿Dónde sus razones intachables? / ¿Dónde están sus sublimes ideales? / En otro mundo han de albergarse, / porque una cripta es poco espacio / para el fruto inmaterial del hombre: / ¡En un sepulcro vulgar no cabe el alma!” “Su inmensidad demanda un universo / -que además compense sus cuitas terrenales-. / Un universo acorde a sus virtudes. / un universo que premie sus desvelos, / un universo en que la perfección no sea improbable”.
De pronto mire con pedantería a la muerte, quien lea estos versos así podría explicarlo:
“Mas no quiero un cuerpo rendido por los años, / quiero dejar la imagen de mi enjundia, / no he de irme del mundo derrotado. / Años por eso le quitaría a la vida / para ser un muerto rozagante, / un cuerpo recio apenas por la parca dominado, / un cadáver robusto / sin seña de derrota, / sin surcos en la piel, sin torso arqueado”.
Y poniendo punto final a la presentación del libro, a manera de epílogo dejo un poema que puede llegar a ser un epitafio. ¿Por qué no ha de ser la muerte un triunfo del espíritu y la compensación por tantos apuros corporales?:
“¿Por qué hacéis de la arcilla menguada una derrota? / ¿Y de unos restos el fin inexorable? / ¿Es que no habéis visto mi vuelo al infinito, / liberado al fin de la atadura mortal que me postraba? / ¡Dirigid al cielo la mirada / y veréis en el cenit mi ser en su apogeo!”
Luis María Murillo Sarmiento MD
En mi caso la poesía y la prosa han sido el vehículo de mi pensamiento. No pocos sentimientos han convertido en poema mis palabras, y no por ello han escapado al influjo de mi racionalidad. Diría entonces que mi poesía es la expresión de un sentimiento reflexivo y crítico. Mente y razón en unión inquebrantable.
Y no es una confesión que realice con alarde, por el contrario, cierta contrición tiene mi confidencia, dado que independientemente de la misión que cumplan mis poemas, sigo concibiendo la poesía como la expresión más natural del sentimiento, la más exquisita, la más pura. Entonces pienso si es justo que pasen por el filtro de la razón los versos, y si debo considerar la poesía un fin o sólo un medio. Si es un fin, debo pedir perdón por haberme servido de ella. Al menos sé que en el ámbito popular es el verso sencillo, espontáneo, lleno de sentimiento, el de mejor recibo. Más lectores, al menos, tengo cuando siento que cuando filosofo. En fin, no está de más este debate, mas no es el objetivo de esta tarde.
Volviendo al poemario que hoy presento, conjuga reflexión y sentimiento. Intromisión del afecto en el discernimiento, intrusión de la razón en el afecto. Hay sentimiento emocionado y nostálgico cuando le formulo al mundo mis reparos, en juicio intelectual y muy severo. Existe, en contraste, racionalidad, cuando le canto al desamor con tono de amante agradecido, ajeno a recriminaciones y rencores.
En ese aventurado ejercicio de mis sentimientos y de mis pensamientos debo decir que no percibo campo que pueda quedar vedado a mis poemas.
Expreso la pasión varonil confesando a la mujer que los hombres somos carnales ante todo:
“Necesito que tu carne palpitante me arrebate…” “Debo sentir la tentación de la materia / para descubrir lo inmaterial que en ti se alberga…” “Necesito, mujer, tu piel / para acceder a tu alma persuadido”.
Rindo homenaje a los amores idos, con la consigna de agradecer y no de recriminar los sentimientos:
“Fuiste felicidad, / promesa eterna, / y sin embargo… / la dicha -en un instante- te llevaste; / sin asomo de maldad / -yo lo presumo-". […] “En vez de condenarte / te venero, / no puedo dejar de agradecerte lo vivido”. […] “.., porque sólo cuentan en el amor las bendiciones; / las desgracias no merecen rencor, / sino el olvido”.
No dejo, ni en prosa ni en verso de reflexionar sobre el hombre, sobre su naturaleza y sus impulsos:
“Nadie sabe realmente qué es el hombre, / si un hito fugaz e intrascendente, / si la manifestación de una materia palpitante, / si una naturaleza inextinguible y trashumante”.
“Nadie sabe con certeza qué es la mente, / si el proceso químico de un órgano que piensa, / si un aliento, si un impulso, si un mágico misterio, / si la exteriorización de un alma que llevamos dentro”.
Ni pasa desapercibida por mi mente la hipocresía del hombre, de pronto prefiera su cinismo. Debo confesar que me entretiene poner el comportamiento oculto del hombre en evidencia. Producto de esa inclinación afirmo en un poema:
“Que en su piel se encumbra la lascivia / y en su carne se arruina la virtud”. […] “Pero a su lecho llega / el amo y el vasallo, / el señor, el letrado y el villano, / y el lúbrico abstinente, / que hipócrita y saciado, / disfraza con reproches / su doble condición”.
“Que todos los que sufren / merezcan el consuelo, / que haya más bondad / que hipócritas condenas. / Que haya más sonrojo / ante auténticas vilezas / que postizo rubor / ante los impulsos / de la naturaleza”.
¿Qué sentido tiene la ambición y la riqueza?:
“Tras la fortuna esquiva trajinamos / intuyendo alivio con los bienes. / ¡Oh ironía! / El hombre afortunado / cuidando su riqueza se desvela, / mientras el andrajoso, / que pide limosna en cada esquina, / sin nada que cuidar, / ni nada que perder, / y sin fortuna que lo vuelva esclavo, / en cualquier callejón / duerme tranquilo”.
Ni soy puritano ni me agobia la manifestación de los placeres, veo en el cuerpo instinto y no pecado:
“Primitivo, incapaz de la mesura y poco austero, / el cuerpo es medio en que transito lo tangible. / Con él penetro el hedonismo y los excesos / proclives a su ser precipitado, / a su esencia mortal y pasajera / ajustada a este mundo intrascendente”.
“Pero el cuerpo en este mundo no es mortaja / para mi ser intemporal -viajero impenitente-. / Cuando fenezca su materia, / llegará el momento en que el alma anuncie la partida. / Y cuando en la desdicha de su ruina me libere, / -en la última exhalación de su agonía- / retornaré al refugio de lo eterno, / a lo exquisito, / a un paraje sin desgracias ni temores, / a los dominios de todo lo sereno”.
Apolítico no soy ni me declaro indiferente o neutral en los conflictos. Testigo he sido del comunismo, sus fracasadas ideas y sus desmanes. Frentero declaro en un poema que “Atrás quedaron los tiempos de la hoz y del martillo”:
“Hombres hay que por ignorancia / procuran ser vasallos / de déspotas que anuncian la igualdad / hermanando a todos como esclavos.” “Hombres que en la opresión nada protestan / y en la democracia por todo se resienten.”
"Hombres hay que agitan y perturban / propagando el odio entre las clases. / Hombres hay que proclaman redenciones / que terminan en peores opresiones”.
No me satisface el mundo, debo confesarlo. No como producto de mi misantropía sino como ausencia de su filantropía. No me satisface en la medida en que el hombre lo transformó en conflicto. De ahí la afirmación del poema central y título de la obra: “Este no es mi mundo”, una voz de protesta y rebeldía.
“Este no es mi mundo, / escenario de contiendas arraigadas / que eternamente repite sus errores, / conflicto de sumisión y desacato / que se niega a vivir en armonía”.
“Este no es mi mundo, / imperio del disfraz y la mentira, / de la afirmación inculta a la artimaña, / del engaño casual al dogma reiterado, / de absolutos que no pueden probarse”.
“Este no es mi mundo, / entorno apocado y temeroso, / en que suelen callar las voces probas, / en que afrentan audaces las perversas, / en que la bondad siempre es cobarde”.
“Este no es mi mundo, / porque no transige mi afán con sus valores, / porque su necedad no puede someterme, / porque no puedo enderezar su rumbo… / ¡Ya no me debe interesar su suerte!”.
Pero que no me satisfaga el comportamiento humano, no ensombrece mi arrobamiento por la creación y la naturaleza. Puedo así afirmar que:
“Amo el concierto / que las aves me regalan / en el sosiego de la creación dormida”.
“Y más los amo / cuando advierto la paz arrinconada, / la concordia vencida… / en retirada”.
Y amo la Patria, como el “Feudo grandioso que sin ser mi heredad me pertenece”. Por eso le canto, por ejemplo, a San Andrés y su mar de los mágicos colores:
“Sube el pincel del mar a la montaña / y baja con el verde de la loma, / arrastra el amarillo de la playa / y plasma su inspiración entre las olas”. “Es el mar de los mágicos colores / en que el azul se viste con todos los matices”.
Y siendo bogotano, le canto a Medellín, tierra pujante:
“Dejas, Medellín, en mi memoria / el recuerdo de tus hitos perdurables: / San Diego, Las Palmas, La Alpujarra, / Junín, La Playa y Carabobo. / Y un cortejo de flores en agosto, / de la calle San Juan a Santa Elena”.
“Más de tres centurias la historia te proclama, / y en vez de envejecer rejuveneces, / es el ímpetu juvenil, arranque de tu casta, / por el que cada amanecer / más bella te levantas”.
La muerte es un asunto médico, dirán ustedes, sí digo yo, pero desde lo material y biológico. Poco, me atrevo a asegurar, para el galeno, trascendental y filosófico. Pero inmerso en el mundo de la medicina, y del escritor que filosofa y hace versos, encuentro en la muerte una exquisita atracción, un delicioso encanto: el de la seducción de lo especulativo. Y qué más especulativo que lo desconocido, que la muerte de la que nadie sabe, de la que todo el mundo en su ignorancia habla.
En mi novela “Seguiré viviendo”, que tiene por protagonista un moribundo planteo del más allá un escenario augusto con todas las creencias, desde las salvadoras hasta las punitivas e infernales. En mis poemas he querido compartir la ilusión amable de la muerte, por ello escribo:
“Nadie sabe con certeza que es la muerte, / si el fin de la sustancia corruptible, / si un nuevo amanecer, si un nacimiento…” “Por eso cuando la ruina de mi cuerpo sea inminente / presentiré el triunfo del alma… con la muerte”.
La muerte es un universo de preguntas, por ejemplo el destino de las almas:
“¿Dónde están las almas que amaron a su prójimo / -prefiriendo a la dicha el sacrificio-? / ¿Dónde están sus sentimientos admirables? / ¿Dónde están sus conciencias impecables? / ¿Dónde están sus corazones indulgentes? / ¿Dónde sus razones intachables? / ¿Dónde están sus sublimes ideales? / En otro mundo han de albergarse, / porque una cripta es poco espacio / para el fruto inmaterial del hombre: / ¡En un sepulcro vulgar no cabe el alma!” “Su inmensidad demanda un universo / -que además compense sus cuitas terrenales-. / Un universo acorde a sus virtudes. / un universo que premie sus desvelos, / un universo en que la perfección no sea improbable”.
De pronto mire con pedantería a la muerte, quien lea estos versos así podría explicarlo:
“Mas no quiero un cuerpo rendido por los años, / quiero dejar la imagen de mi enjundia, / no he de irme del mundo derrotado. / Años por eso le quitaría a la vida / para ser un muerto rozagante, / un cuerpo recio apenas por la parca dominado, / un cadáver robusto / sin seña de derrota, / sin surcos en la piel, sin torso arqueado”.
Y poniendo punto final a la presentación del libro, a manera de epílogo dejo un poema que puede llegar a ser un epitafio. ¿Por qué no ha de ser la muerte un triunfo del espíritu y la compensación por tantos apuros corporales?:
“¿Por qué hacéis de la arcilla menguada una derrota? / ¿Y de unos restos el fin inexorable? / ¿Es que no habéis visto mi vuelo al infinito, / liberado al fin de la atadura mortal que me postraba? / ¡Dirigid al cielo la mirada / y veréis en el cenit mi ser en su apogeo!”
Luis María Murillo Sarmiento MD
sábado, 24 de septiembre de 2011
CARTA LXI: NO PIENSO RENUNCIAR AL PLACER DE MIS SENTIDOS
Noviembre 16
Copito:
Cuando te abordó aquella mujer extravagante, creí que era tu amiga. Pocas veces he visto tanta familiaridad en un extraño. ¡A qué grado de atrevimiento llegan estos alborotadores! Hay que ver la temeridad con que pretendía cambiar tus convicciones. Si ella es el ejemplo de un miembro de su iglesia, suficientes razones tengo para repudiar su credo.
Evité cruzar palabra porque su discurso era apenas una retahíla sin sentido. Un remiendo de pensamientos mal cosidos. Personas como ésta se obsesionan con ideas fijas que no resisten prueba, en dogma las convierten y niegan toda razón a quien las interpela.
¡Qué disparate! Dizque exhortaba el amor al prójimo y la tolerancia, pero su prédica era una condena constante a la humanidad por todas sus acciones. Que tal llamar a los sentidos “las malditas ventanas al pecado”.
Por despreciarlas casi se va de bruces cuando el bus frenó en le paradero. Te cuento que ganas de reír no me faltaron. Pero volviendo al tema, ¿quién no anhela sensaciones placenteras? ¡Qué absurda interpretación pecaminosa del placer! ¿Serán honestos quienes la predican? ¿O más bien esconden tras de estas posturas sus excesos?
Los sentidos son en este aspecto indiferentes, por igual perciben el dolor y el placer. Su función escapa a cualquier juicio moral, sencillamente no es en ella en la que el bien o el mal tienen su asiento. Si los sentidos fuesen malos, Dios y la naturaleza, no el hombre, serían los encausados. ¡Qué despropósito!
¿Por qué negar que el Creador le dio al hombre la posibilidad de recrear su vista, de degustar sabores y de percibir olores exquisitos? ¿De deleitarse con el tacto y de extasiarse con sonidos bellos? ¿Que a cada sentido le proporcionó infinidad de estímulos que vivifican? ¿Y que no es renunciando a ellos como habrá el ser humano de ganarse el Cielo? No con la privación, no con el sacrificio inútil, sin motivo.
No se renuncia al placer por simple gusto, apenas por razones poderosas. Sólo cuando mi placer causa a otros un dolor tangible estoy en la obligación de restringirlo. Porque no es ético soportar sobre el mal de los demás mi gozo.
Tengo muy claro que el objetivo del hombre es ser feliz, y que la felicidad es un torrente de satisfacciones y placeres.
Copito:
Cuando te abordó aquella mujer extravagante, creí que era tu amiga. Pocas veces he visto tanta familiaridad en un extraño. ¡A qué grado de atrevimiento llegan estos alborotadores! Hay que ver la temeridad con que pretendía cambiar tus convicciones. Si ella es el ejemplo de un miembro de su iglesia, suficientes razones tengo para repudiar su credo.
Evité cruzar palabra porque su discurso era apenas una retahíla sin sentido. Un remiendo de pensamientos mal cosidos. Personas como ésta se obsesionan con ideas fijas que no resisten prueba, en dogma las convierten y niegan toda razón a quien las interpela.
¡Qué disparate! Dizque exhortaba el amor al prójimo y la tolerancia, pero su prédica era una condena constante a la humanidad por todas sus acciones. Que tal llamar a los sentidos “las malditas ventanas al pecado”.
Por despreciarlas casi se va de bruces cuando el bus frenó en le paradero. Te cuento que ganas de reír no me faltaron. Pero volviendo al tema, ¿quién no anhela sensaciones placenteras? ¡Qué absurda interpretación pecaminosa del placer! ¿Serán honestos quienes la predican? ¿O más bien esconden tras de estas posturas sus excesos?
Los sentidos son en este aspecto indiferentes, por igual perciben el dolor y el placer. Su función escapa a cualquier juicio moral, sencillamente no es en ella en la que el bien o el mal tienen su asiento. Si los sentidos fuesen malos, Dios y la naturaleza, no el hombre, serían los encausados. ¡Qué despropósito!
¿Por qué negar que el Creador le dio al hombre la posibilidad de recrear su vista, de degustar sabores y de percibir olores exquisitos? ¿De deleitarse con el tacto y de extasiarse con sonidos bellos? ¿Que a cada sentido le proporcionó infinidad de estímulos que vivifican? ¿Y que no es renunciando a ellos como habrá el ser humano de ganarse el Cielo? No con la privación, no con el sacrificio inútil, sin motivo.
No se renuncia al placer por simple gusto, apenas por razones poderosas. Sólo cuando mi placer causa a otros un dolor tangible estoy en la obligación de restringirlo. Porque no es ético soportar sobre el mal de los demás mi gozo.
Tengo muy claro que el objetivo del hombre es ser feliz, y que la felicidad es un torrente de satisfacciones y placeres.
Luis María Murillo Sarmiento ("Cartas a una amante")
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viernes, 16 de septiembre de 2011
TUS ROSAS AMARILLAS
Nunca reparé en tu ser,
tantas veces a mi vista indiferente;
nunca imaginé tus pétalos al viento,
ni tus hojas cargadas de rocío,
ni tu flor entumecida al alba
y sedienta al sol del mediodía.
Sabía de la pasión
de tus flores encendidas
y el simbólico dolor de tus espinas.
Hoy sé que existen tus flores amarillas,
las que conmueven al ser
que anida en mis ensueños,
las que su corazón alegran,
las que me deparan
una mirada tierna,
las que la más bella sonrisa
me regalan,
por las que alcanzo a imaginar
una caricia.
Porque tú las prefieres,
yo las quiero,
rosas amarillas,
testigos,
cómplices de mis afectos,
símbolo de mi perenne sentimiento.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)
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tantas veces a mi vista indiferente;
nunca imaginé tus pétalos al viento,
ni tus hojas cargadas de rocío,
ni tu flor entumecida al alba
y sedienta al sol del mediodía.
Sabía de la pasión
de tus flores encendidas
y el simbólico dolor de tus espinas.
Hoy sé que existen tus flores amarillas,
las que conmueven al ser
que anida en mis ensueños,
las que su corazón alegran,
las que me deparan
una mirada tierna,
las que la más bella sonrisa
me regalan,
por las que alcanzo a imaginar
una caricia.
Porque tú las prefieres,
yo las quiero,
rosas amarillas,
testigos,
cómplices de mis afectos,
símbolo de mi perenne sentimiento.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Poemas de amor y ausencia”)
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viernes, 9 de septiembre de 2011
DESCUBRIDORES DE LA ANESTESIA*
Ciento cincuenta años han transcurrido desde aquel 16 de octubre de 1846, en el que el nacimiento de la anestesia confinó a la historia el horror de las intervenciones quirúrgicas. Hasta entonces el dolor se mitigaba con coñac y opio y la relajación propicia para la cirugía se obtenía con cocimientos de tabaco que administrados por el recto no pocas veces resultaban mortales.
Si para entonces eran de años conocidos el éter y el óxido nitroso o gas hilarante, quienes habían presenciado su efecto anestésico jamás a ellos le atribuyeron la milagrosa propiedad, la que creyeron producida por el opio, hasta cuando el dentista Horace Wells observó la resistencia al dolor de un traumatizado afectado por el gas de la risa y decidió someterse a un experimento que confirmó su descubrimiento: se dejó extraer de su ayudante Riggs, bajo el efecto del gas, una muela enferma, y no sintió dolor alguno. Era el 11 de diciembre de 1844.
Wells a través de su discípulo William T. G. Morton consiguió presentar su descubrimiento al Massachusetts General Hospital, pero la demostración terminó en fracaso: el dolor doblegó al paciente y Wells salió entre las risas de los asistentes, no provocadas por el gas de la risa sino por su rotundo fracaso.
Morton en cambio pasó a la historia como el afortunado descubridor de la anestesia. Tras confirmar las propiedades anestésicas del gas de Wells, repitió con éxito su experimento en aquél hospital, el 16 de octubre de 1846, fecha que marca el nacimiento de un descubrimiento que con inusitada rapidez se difundió por América y Europa.
Pero tan venturoso hallazgo no lo fue tanto para sus descubridores. Horace Wells, su incuestionable precursor no tuvo la fortuna de disfrutar el éxito de su descubrimiento, porque los laureles fueron para Morton. Recluido en una cárcel, acusado de rociar con ácido a unas mujeres mientras actuaba bajo efecto de los gases que seguía estudiando, se dio muerte el 22 de enero de 1848. Su mente se había trastornado por las sustancias a diario inhaladas. Morton, mundialmente famoso, nunca quiso compartir con Wells el éxito del descubrimiento y se trenzó por décadas en deshonrosa querella con Jackson otro de los descubridores. Aunque todos tuvieron un final sombrío, hoy sus nombres en el sesquicentenario del descubrimiento, merecen volver al presente para recibir el tributo de la humanidad agradecida.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")
* Este artículo fue publicado por los diarios colombianos “El Espectador (noviembre 1 de 1996, pág. 4A) y “El Tiempo” (noviembre 7 de 1996, pág. 5A) al conmemorarse los 150 años del descubrimiento de la anestesia. Serán ahora 165 años
VOLVER AL ÍNDICESi para entonces eran de años conocidos el éter y el óxido nitroso o gas hilarante, quienes habían presenciado su efecto anestésico jamás a ellos le atribuyeron la milagrosa propiedad, la que creyeron producida por el opio, hasta cuando el dentista Horace Wells observó la resistencia al dolor de un traumatizado afectado por el gas de la risa y decidió someterse a un experimento que confirmó su descubrimiento: se dejó extraer de su ayudante Riggs, bajo el efecto del gas, una muela enferma, y no sintió dolor alguno. Era el 11 de diciembre de 1844.
Wells a través de su discípulo William T. G. Morton consiguió presentar su descubrimiento al Massachusetts General Hospital, pero la demostración terminó en fracaso: el dolor doblegó al paciente y Wells salió entre las risas de los asistentes, no provocadas por el gas de la risa sino por su rotundo fracaso.
Morton en cambio pasó a la historia como el afortunado descubridor de la anestesia. Tras confirmar las propiedades anestésicas del gas de Wells, repitió con éxito su experimento en aquél hospital, el 16 de octubre de 1846, fecha que marca el nacimiento de un descubrimiento que con inusitada rapidez se difundió por América y Europa.
Pero tan venturoso hallazgo no lo fue tanto para sus descubridores. Horace Wells, su incuestionable precursor no tuvo la fortuna de disfrutar el éxito de su descubrimiento, porque los laureles fueron para Morton. Recluido en una cárcel, acusado de rociar con ácido a unas mujeres mientras actuaba bajo efecto de los gases que seguía estudiando, se dio muerte el 22 de enero de 1848. Su mente se había trastornado por las sustancias a diario inhaladas. Morton, mundialmente famoso, nunca quiso compartir con Wells el éxito del descubrimiento y se trenzó por décadas en deshonrosa querella con Jackson otro de los descubridores. Aunque todos tuvieron un final sombrío, hoy sus nombres en el sesquicentenario del descubrimiento, merecen volver al presente para recibir el tributo de la humanidad agradecida.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Epistolario periodístico y otros escritos")
* Este artículo fue publicado por los diarios colombianos “El Espectador (noviembre 1 de 1996, pág. 4A) y “El Tiempo” (noviembre 7 de 1996, pág. 5A) al conmemorarse los 150 años del descubrimiento de la anestesia. Serán ahora 165 años
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domingo, 4 de septiembre de 2011
EN LAS ALTURAS
Fascinante dominio de las nubes,
que gráciles desnudan su etéreas formas,
de raudos tapices de esencia gaseosa
-ilusión de las mágicas alfombras del oriente-;
de mullidas colchas de blanco vaporoso,
níveos copos, algodonosos, densos.
Opacos filtros que refunden
los rayos luminosos:
atenuada e imprecisa incandescencia,
ansiada estrella en los confines
de los velos nubelosos que la encubren.
Caudalosos ríos convertidos en hilillos,
geométricas manchas vegetales,
verdes tintes de esperanza,
desérticos retazos amarillos,
extensas heridas de tierra erosionada,
tortuosos caminos que se pierden
hilvanando un paisaje terrenal en miniatura,
Relieves profundos que la lejanía confunde
en un extenso manto sin altura,
cimas majestuosas
que se besan con las nubes,
argénticos penachos congelados,
eterno azul,
sensación frenética inefable
que domina el orbe en las alturas.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")
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que gráciles desnudan su etéreas formas,
de raudos tapices de esencia gaseosa
-ilusión de las mágicas alfombras del oriente-;
de mullidas colchas de blanco vaporoso,
níveos copos, algodonosos, densos.
Opacos filtros que refunden
los rayos luminosos:
atenuada e imprecisa incandescencia,
ansiada estrella en los confines
de los velos nubelosos que la encubren.
Caudalosos ríos convertidos en hilillos,
geométricas manchas vegetales,
verdes tintes de esperanza,
desérticos retazos amarillos,
extensas heridas de tierra erosionada,
tortuosos caminos que se pierden
hilvanando un paisaje terrenal en miniatura,
Relieves profundos que la lejanía confunde
en un extenso manto sin altura,
cimas majestuosas
que se besan con las nubes,
argénticos penachos congelados,
eterno azul,
sensación frenética inefable
que domina el orbe en las alturas.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Del amor, de la razón y los sentidos")
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viernes, 19 de agosto de 2011
LOS PRODIGIOS DEL POEMA
Con una pluma por pincel
puede hacerse el cuadro más hermoso:
un paisaje a punta de vocablos,
un bodegón...
un fresco…
una obra maestra,
si se quiere.
Mezclando en la paleta palabras y colores,
proclama el bardo la emoción del lienzo.
Sin laúd ni clavicordio,
sin flauta, sin cítara y sin lira,
el verbo agita la cadencia
que le da musicalidad a las palabras:
brota un concierto con la armonía del verso.
Componiendo acordes con sílabas y frases,
puede el bardo musicalizar con los sintagmas.
El alma es muda por más que sufra,
por más que se estremezca;
por más amor que sienta,
por más odio que albergue.
Muda si los demás no pueden escucharla,
muda si no puede expresar sus sentimientos.
Trenzando afectos y palabras en el verso,
sublima el bardo la emoción humana.
Soy poeta,
y cantaré al amor y al sufrimiento
de la forma más elocuente y más sentida.
Construiré sueños,
tejeré ilusiones con mi verbo,
conmoveré la entraña pétrea,
aliviaré a los seres sin consuelo,
y encontraré en el verso
el camino perfecto para llegar al alma.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")
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puede hacerse el cuadro más hermoso:
un paisaje a punta de vocablos,
un bodegón...
un fresco…
una obra maestra,
si se quiere.
Mezclando en la paleta palabras y colores,
proclama el bardo la emoción del lienzo.
Sin laúd ni clavicordio,
sin flauta, sin cítara y sin lira,
el verbo agita la cadencia
que le da musicalidad a las palabras:
brota un concierto con la armonía del verso.
Componiendo acordes con sílabas y frases,
puede el bardo musicalizar con los sintagmas.
El alma es muda por más que sufra,
por más que se estremezca;
por más amor que sienta,
por más odio que albergue.
Muda si los demás no pueden escucharla,
muda si no puede expresar sus sentimientos.
Trenzando afectos y palabras en el verso,
sublima el bardo la emoción humana.
Soy poeta,
y cantaré al amor y al sufrimiento
de la forma más elocuente y más sentida.
Construiré sueños,
tejeré ilusiones con mi verbo,
conmoveré la entraña pétrea,
aliviaré a los seres sin consuelo,
y encontraré en el verso
el camino perfecto para llegar al alma.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Intermezzo poético – Razón y sentimiento")
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viernes, 12 de agosto de 2011
UN PENSAMIENTO LLENO DE CONTRASTES
La enfermera estaba encantada con las confidencias que el paciente le contaba. No era para menos. Lo había imaginado distante y quisquilloso cuando se lo confió la jefe de la noche. Los pergaminos con que lo presentaron le provocó la misma desazón que le causaron otros «ilustres» que debió atender, insatisfechos a morir e inconformes por costumbre. Pero José era un caso diferente. Le pareció sorprendente estar departiendo con un desconocido cual si fuera un viejo camarada.
José le hablaba de la infidelidad, ilustrándola con su propio ejemplo, y le detallaba hechos que parecían muy personales. Le refirió que a falta de un sinónimo adecuado para la infidelidad, optó por denominarla «traición amorosa» cuando necesitaba un vocablo equivalente en sus escritos, pero enmarcándola en comillas para deslindarla del significado literal, pues nunca había aceptado que realmente lo fuera. Con esa aclaración abordó el tema de la fidelidad, sosteniendo que no le parecía una obligación tan evidente: «La fidelidad no es más que un dictado inconsciente del egoísmo de cada ser humano, dispuesto a apropiarse de las personas como hace con las cosas. Con la infidelidad lo que se quiebra es una promesa irreflexiva, muchas veces ni siquiera pronunciada, supuesta apenas por la fuerza de la irracionalidad y la costumbre». Y alegaba que en nombre del amor no debía tener un ser humano a otro por esclavo.
Del amor saltó a la fe, observando que el vínculo del hombre con la divinidad tenía que trascender la fábula, el relato fantasioso, la regla superflua y la práctica obsoleta. Pero la enfermera, por completo despistada, no comprendía lo que José quería decirle. Entonces le explicó su trillado discurso sobre el carácter profano de la Biblia: que era un invento humano y una mitología controvertible. Y cuando ella creyó que estaba escuchando las razones de un ateo, vino la aclaración de que sobre la autenticidad de los hechos y los personajes, prima lo esencial: los principios que prevalecen en el tiempo y que no riñen con la modernidad ni las costumbres. Le resaltó la bondad, el amor, la caridad y la justicia. Entonces lo supuso avenido con la Iglesia, hasta que enjuició el celibato, la infalibilidad del Papa, la exclusión de la mujer del sacerdocio y la oposición al control de la natalidad, ideas que le dijo, proceden de los hombre y nada tienen que ver con Jesucristo. Más habría de extrañarse al reconocer en los turnos por venir, un sacerdote entre las visitas cotidianas. Gloria descubrió en las opiniones de José un curioso y complejo entramado en que la razón amalgamaba posiciones que parecían incompatibles. «Lo imaginé ateo y me resultó creyente, lo creí libidinoso pero me parece espiritual», le dijo en la mañana a sus compañeras del piso, al despedirse.
No fueron muchos los cuidado que en el turno tuvo que brindarle, apenas acomodarlo en la cama, tomarle los signos vitales, pasarle el pato y revisar la venoclisis. De los medicamentos se encargó la jefe de enfermeras. La madrugada pasó rauda y sin dormir. Otras veces las noches de José habían tenido la eternidad de los insomnes, o habían sido interminables por rechazar de valiente un analgésico. Aunque a decir verdad esa era la excusa con que lo rechazaba, porque en el fondo el temor era volverse resistente a ellos en virtud de un fenómeno conocido como taquifilaxis. Pero si aquella vez vio clarear el día, fue por culpa de la simpática extroversión de su interlocutora que le robó con su charla amena las ganas de dormir. Hecha al pensamiento de José, sintonizó con su frecuencia, le tomó confianza y perdió el miedo para emitir sus juicios. Algo anotaba a cada afirmación del ilustrado enfermo. Hablaron de todo, a veces coincidieron como cuando ella dijo que no comulgaba con «los creyentes de misa de domingo», que se olvidaban de las buenas acciones al terminar la ceremonia; otras tranzaron, por ejemplo, cuando José, indulgente con la infidelidad, le admitió que hería sin importar cuan explicable fuera. Él se quejó de los celos de la mujer y ella criticó los celos de los hombres. Los calificó de cínicos por ser simultáneos con su infidelidad. José se puso a salvo: «Aunque infiel no fui celoso». Y rechazo los celos femeninos: «Son intolerables para el hombre: incómodos cuando son fundados, enojosos cuando no tienen motivo». Desmenuzaron la experiencia para concluir a las tres de mañana, que la ajena es invaluable, pero por gratuita es desdeñada. «Hay que admitir que los padecimientos propios son los que dejan huella», dijo José con desconsuelo.
El alba los sorprendió tratando la clandestinidad del hombre. Primero fueron abstractos los ejemplos, y al final tan concretos, que Gloria le confió un desliz que jamás a nadie había contado. José, con su reconocida tolerancia en esos casos, le aminoró su culpa, y le dijo que era propio de todos los mortales. «Todo ser humano tiene un lado oscuro, una faz secreta, un mundo recóndito y privado. Un rostro desconocido que oculta sus debilidades, su propensión al mal, sus sentimientos menos confesables, o simplemente las inclinaciones que la sociedad no admite. Allí se esconden desde triviales picardías hasta infamias y crímenes innominables». Y Gloria compartió ese juicio sin mayores comentarios, porque al examinar la hora se dio cuenta de que el turno había finalizado.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")
José le hablaba de la infidelidad, ilustrándola con su propio ejemplo, y le detallaba hechos que parecían muy personales. Le refirió que a falta de un sinónimo adecuado para la infidelidad, optó por denominarla «traición amorosa» cuando necesitaba un vocablo equivalente en sus escritos, pero enmarcándola en comillas para deslindarla del significado literal, pues nunca había aceptado que realmente lo fuera. Con esa aclaración abordó el tema de la fidelidad, sosteniendo que no le parecía una obligación tan evidente: «La fidelidad no es más que un dictado inconsciente del egoísmo de cada ser humano, dispuesto a apropiarse de las personas como hace con las cosas. Con la infidelidad lo que se quiebra es una promesa irreflexiva, muchas veces ni siquiera pronunciada, supuesta apenas por la fuerza de la irracionalidad y la costumbre». Y alegaba que en nombre del amor no debía tener un ser humano a otro por esclavo.
Del amor saltó a la fe, observando que el vínculo del hombre con la divinidad tenía que trascender la fábula, el relato fantasioso, la regla superflua y la práctica obsoleta. Pero la enfermera, por completo despistada, no comprendía lo que José quería decirle. Entonces le explicó su trillado discurso sobre el carácter profano de la Biblia: que era un invento humano y una mitología controvertible. Y cuando ella creyó que estaba escuchando las razones de un ateo, vino la aclaración de que sobre la autenticidad de los hechos y los personajes, prima lo esencial: los principios que prevalecen en el tiempo y que no riñen con la modernidad ni las costumbres. Le resaltó la bondad, el amor, la caridad y la justicia. Entonces lo supuso avenido con la Iglesia, hasta que enjuició el celibato, la infalibilidad del Papa, la exclusión de la mujer del sacerdocio y la oposición al control de la natalidad, ideas que le dijo, proceden de los hombre y nada tienen que ver con Jesucristo. Más habría de extrañarse al reconocer en los turnos por venir, un sacerdote entre las visitas cotidianas. Gloria descubrió en las opiniones de José un curioso y complejo entramado en que la razón amalgamaba posiciones que parecían incompatibles. «Lo imaginé ateo y me resultó creyente, lo creí libidinoso pero me parece espiritual», le dijo en la mañana a sus compañeras del piso, al despedirse.
No fueron muchos los cuidado que en el turno tuvo que brindarle, apenas acomodarlo en la cama, tomarle los signos vitales, pasarle el pato y revisar la venoclisis. De los medicamentos se encargó la jefe de enfermeras. La madrugada pasó rauda y sin dormir. Otras veces las noches de José habían tenido la eternidad de los insomnes, o habían sido interminables por rechazar de valiente un analgésico. Aunque a decir verdad esa era la excusa con que lo rechazaba, porque en el fondo el temor era volverse resistente a ellos en virtud de un fenómeno conocido como taquifilaxis. Pero si aquella vez vio clarear el día, fue por culpa de la simpática extroversión de su interlocutora que le robó con su charla amena las ganas de dormir. Hecha al pensamiento de José, sintonizó con su frecuencia, le tomó confianza y perdió el miedo para emitir sus juicios. Algo anotaba a cada afirmación del ilustrado enfermo. Hablaron de todo, a veces coincidieron como cuando ella dijo que no comulgaba con «los creyentes de misa de domingo», que se olvidaban de las buenas acciones al terminar la ceremonia; otras tranzaron, por ejemplo, cuando José, indulgente con la infidelidad, le admitió que hería sin importar cuan explicable fuera. Él se quejó de los celos de la mujer y ella criticó los celos de los hombres. Los calificó de cínicos por ser simultáneos con su infidelidad. José se puso a salvo: «Aunque infiel no fui celoso». Y rechazo los celos femeninos: «Son intolerables para el hombre: incómodos cuando son fundados, enojosos cuando no tienen motivo». Desmenuzaron la experiencia para concluir a las tres de mañana, que la ajena es invaluable, pero por gratuita es desdeñada. «Hay que admitir que los padecimientos propios son los que dejan huella», dijo José con desconsuelo.
El alba los sorprendió tratando la clandestinidad del hombre. Primero fueron abstractos los ejemplos, y al final tan concretos, que Gloria le confió un desliz que jamás a nadie había contado. José, con su reconocida tolerancia en esos casos, le aminoró su culpa, y le dijo que era propio de todos los mortales. «Todo ser humano tiene un lado oscuro, una faz secreta, un mundo recóndito y privado. Un rostro desconocido que oculta sus debilidades, su propensión al mal, sus sentimientos menos confesables, o simplemente las inclinaciones que la sociedad no admite. Allí se esconden desde triviales picardías hasta infamias y crímenes innominables». Y Gloria compartió ese juicio sin mayores comentarios, porque al examinar la hora se dio cuenta de que el turno había finalizado.
LUIS MARIA MURILLO SARMIENTO ("Seguiré viviendo")
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